Volver a leer la ética de Kant

Contribución al Seminario de Fundamentos El sentimiento de culpa y el goce, impartido por Lucía D'Angelo durante el curso 2004-05

  • Publicado en NODVS XIII, maig de 2005

Paraules clau

asegurar la felicidad propia, ética del deber, las dos fórmulas del imperativo categórico, ser moral para ser feliz, biografía, ideal moral, los caracteres de excepción, el otro como fin además de como medio, la buena voluntad, pesimismo antropológico

1. Introducción

Es difícil ser de filosofía y no venerar a Kant. Es de los grandes, los clásicos... Como Bach, Beethoven... Sobre todo La Crítica de la Razón Pura es tan extraordinaria que corta la respiración. En la historia de la filosofía uno se encuentra con teorías muy atractivas, muy curiosas, muy interesantes, muy ingeniosas, muy deseables en cierto sentido. Pero hay pocas que sean amables, pocos sistemas con los que apetezca vivir, en los cuales uno quiera instalarse. Y la filosofía de Kant es uno de ellos. En cuanto a la ética, creo que si Lacan habla de la ética kantiana y no de otra, es porque la ética kantiana es la quintaesencia de la ética.

  • Kant, en persona

    Kant fue un personaje curioso. Su vida carece completamente de grandiosidad. No recibió honores mundanos, ni dignidades, ni riquezas. No viajó, ni luchó en ejércitos, como Descartes, que luchó en la guerra de los 30 años. Ni fue perseguido como Spinoza, aunque tuvo algún problemilla con Federico Guillermo II. No fue el filósofo oficial del Estado prusiano, como Hegel. No se alió con los nazis, como Heidegger. En fin: ¡no fue ningún desgraciado!

    Se quedó toda su vida en Koenigsberg (actual Kaliningrado en Rusia). Sólo salió un lapso de tiempo muy corto para hacer de preceptor en algunas familias (no tenía otros ingresos). Y en esa pequeña ciudad, en ese agujero, hizo la filosofía más espléndida de la Ilustración, la síntesis de todas las filosofías de la época, el Aufhebung total, la culminación de toda la filosofía moderna y la ilustrada.

    Aunque se quedó toda su vida en Koenigsberg y no viajó nunca, fue un ávido lector de relatos de viajes. Daba clases de geografía. Y hablaba con tal exactitud e interés de las particularidades de un país o de una ciudad, que lo podían tomar por un viajero. En una ocasión describió el puente de Westminster de Londres con tanta exactitud, claridad y viveza, que un inglés de su auditorio le tomó por un arquitecto que había vivido muchos años en Londres.

    Trabajó toda su vida como una mula en la Universidad de Koenigsberg. Estuvo 15 años de privat dozent, sin plaza. Luego se presentó una vez para una cátedra al mismo tiempo que un tal Buck y se la dieron al tal Buck, del que nadie se acuerda ya. Tardó en obtener la cátedra. Ni se amedrentó ni se quejó nunca.

    Me parece un personaje simpático. Aunque es verdad que era una persona muy neurótica. Corren muchas anécdotas sobre él. Era muy maniático, muy puntual. Muy obsesivo con el silencio: se iba mudando de una casa a otra, porque ninguna le parecía suficientemente silenciosa. Por ejemplo, una vez se instala en una casa situada cerca de la prisión de Koenigsberg. Resulta que hacen entonar himnos religiosos a los prisioneros todos los días. Kant se va desquiciando. Finalmente escribe una carta al alcalde, Himmel, que era amigo suyo, diciendo: "Os suplico encarecidamente que liberéis a los moradores de la vecindad de las oraciones estentóreas que hipócritamente entonan los que en la prisión se encuentran... Y si son 'gentes temerosas de Dios', no creo que necesiten armar este escándalo para que no deje de oírles Él..." 1

    Kant solía meditar todos los días a la hora del crepúsculo, mirando por la ventana. Fijaba la mirada en una torre que se veía desde su ventana (la torre de Loebnicht). En medio, había un bosque de álamos. Mientras Kant iba meditando, crecieron los álamos del vecino y le taparon la vista de su hermosa torre. Él ya no podía meditar. Le dio la lata al vecino hasta que éste cortó la copa de sus árboles. (Por mí, podrían cortar todo el bosque de álamos para asegurar que escribiera la Crítica de la Razón Pura.)

    En clase solía fijar a un estudiante de los que estaban en las primeras filas para dirigirle la clase. Pero un día estuvo nerviosísimo toda la hora. El problema era que al estudiante, al cual él fijaba con la mirada, le faltaba un botón en la levita2.

    Kant tenía la fantasía de racionalizarlo todo, controlarlo todo. Toda su vida estaba reglada según principios. Era terriblemente regular, ordenado. Cualquier modificación le resultaba desagradable. Administraba su dinero y su tiempo con un rigor total. Nunca tuvo una deuda, y estaba muy orgulloso de ello. Sostenía a parientes pobres, no por medio de limosnas fortuitas, sino con ayudas anuales. Se despertaba, trabajaba, comía, escribía, meditaba y se acostaba siempre todo a la misma hora. Paseaba solo por las tardes, porque si hablaba con alguien, no podía respirar por la nariz...

    Tiene una serie de artículos locos, que se titula Del poder de las facultades afectivas para dominar las impresiones enfermizas por medio de la voluntad. Hay artículos sobre dietética, el sueño, y uno genial: "sobre el sentimiento patológico de pensar a deshora". Kant tenía un criado inútil y, además, indigno, que se llamaba Lampe. Sin embargo, le torturaba la idea de despedirlo. Y se puso una nota a la vista: ¡Es preciso olvidar a Lampe!

    No hay que olvidar que Kant fue muy buena persona, cordial y benévola, con sus estudiantes, amigos y familiares, solidario con los que necesitaban de su ayuda. En cuanto su situación financiera lo permitió, organizó en su casa, cotidianamente, pequeños banquetes que duraban cuatro o cinco horas, donde la conversación era tan exquisita como la comida. Así que unió a cierta austeridad, una dosis de hedonismo.

  • CANT

    Según algunos biógrafos (Borowski), la familia de Kant era de origen escocés. Y el apellido se escribía con C. Immanuel Kant habría cambiado la ortografía. No es seguro, pero da que pensar.

    "Can't", en inglés: no puedo, no puedes, no puede...

    La conciencia de los límites, de lo que se puede y lo que no se puede conocer, es el nervio de la teoría del conocimiento kantiano. La realidad en sí misma no se puede conocer; hasta el punto de que no es lícito llamarla 'realidad', ni siquiera. Hay que decir 'cosa en sí'. Sin embargo, resulta finalmente que la cosa en sí no es una amenaza para el conocimiento, sino, por el contrario, es el guardián de la experiencia, como dice un buen lector de Kant, Philonenko. Es decir, lo incognoscible, es guardián de lo cognoscible. El no poder preserva el sí poder.

    En su ética también Kant estuvo muy preocupado por lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Lo que se puede desear y lo que no se puede desear... Uno tiene que poder desear que la máxima se torne ley universal, tiene que poder desear que los demás usen la misma máxima .

    Lo que Kant no pudo, en su vida, (Immanuel can't) fue amar a una mujer. Nunca se casó, a pesar de que hay rumores de que estuvo dos veces a punto. Se supone que se mostraba con las damas sumamente amable y atento, que era muy galante, pero con la condición de que no fueran eruditas.

 

2. La ética kantiana

  • Las condiciones de todo ideal moral

    En primer lugar, hay que dejar claro que de entrada la ética kantiana no es un ideal moral más. Es una reflexión para descubrir las condiciones de todo ideal.

    Siempre se había pensado que el filósofo moralista tenía por misión indicar a los hombres qué deben hacer, qué no deben hacer, determinar qué está bien y qué está mal, hacer un cuadro de preceptos para la conducta, fijar un ideal moral para los hombres... Y efectivamente. Lo han hecho. ¡Han fijado mil ideales morales diferentes. Unos defienden el placer, otros la aversión a los bienes materiales. Unos la austeridad, otros la resignación, otros el temple acerado del alma. Unos enaltecen la caridad, la humildad... Otros la perfección, o la utilidad, o la renuncia, etc.

    ¿El filósofo puede pretender instaurar una moral definitiva? ¡No!, piensa Kant. Nadie puede establecer una doctrina práctica, una doctrina moral, de valor eterno y absoluto. El filósofo moralista no puede establecer una moral definitiva; va a la zaga de la conciencia colectiva. Los pueblos tienen su propio ideal, no esperan a que se lo digan los filósofos. Kant dice que el entendimiento común no necesita ninguna filosofía moral para saber lo que debe hacer, lo que es noble y bueno, grande y humano.

    ¿Entonces, cuál es el problema de la ética, de la reflexión sobre la moral, para Kant? Definir las condiciones que hacen posible un ideal moral en general, cualquiera de ellos. El fin de la ética no es dictar leyes a la conducta. Es simplemente descubrir las condiciones que tiene que cumplir todo ideal para poder ser legítimamente llamado "ideal moral".

  • El imperativo categórico

    Todo ideal moral legítimo, un ideal de verdad, no de pacotilla, está formulado en forma de imperativo categórico, dice Kant. (No de pacotilla, es decir, relativo, condicional.)

    ¿Qué quiere decir "imperativo categórico"?

    Un imperativo es una orden, un juicio cuya cópula no es el verbo 'ser' (los hombres son mortales), sino el 'deber ser' (los hombres deben ser veraces).

    'Categórico' quiere decir, que no admite condición, 'incondicional'. Hay dos tipos de imperativos: los hipotéticos y los categóricos. Por ejemplo, si decimos: 'el enfermo debe tomar unos determinados medicamentos', esto es un imperativo hipotético. Depende de si quiere curarse o no. Si quiere curarse (hipótesis) debe tomar unos determinados medicamentos. Si no, no. En cambio, si decimos: 'el hombre debe ser veraz', este imperativo va sin hipótesis. Es categórico. Le guste o no lo guste, le convenga o no le convenga, ha de ser veraz. De hecho los hipotéticos, no son imperativos de verdad. Son imperativos solo en apariencia. Son juicios que expresan una relación causal: medicamento-curación. Son imperativos respecto a los medios (medicamento) y no a los fines (curación, salud).

    Kant rechaza las éticas hipotéticas. No son seguras. Su validez depende de si el sujeto acepta el fin propuesto o no. Sólo ofrecen, medios, recetas; por ejemplo, recetas para la felicidad. Las éticas eudaimonistas (es decir, que subordinan la moralidad a la felicidad, a la eudaimonía) o utilitaristas (que subordinan lo moral a lo útil) son éticas hipotéticas que a Kant no le gustan nada.

    Todo ideal moral de verdad, que se precie, está formado por imperativos categóricos, es decir, por órdenes, mandatos incondicionales, impepinables. No como medios para otra cosa, sino como fines en sí mismos. Los ideales varían en el curso de la historia o la geografía. Pero todos los ideales han de satisfacer esa condición: han de ser imperativos categóricos. El contenido de una moral puede cambiar. Pero la forma no. Y la forma es la forma de imperativo categórico. Kant da el siguiente ejemplo: el hombre debe ser veraz, no por conseguir tal o cual fin, para ser feliz o porque sea útil, sino que debe serlo sin más, sin condición. Ser veraz es fin último. Se trata simplemente de eso. De ser veraz. Es un ideal supremo de conducta. 3

    Esta forma de "imperativo categórico" se puede formular de diversas maneras. El imperativo categórico tiene varias fórmulas. Estas fórmulas son como formas de testar, de poner a prueba, cualquier imperativo de cualquier moral, para saber si es válido o no.

    Mi propuesta es distinguir las diferentes fórmulas del imperativo que construye Kant. No se pueden meter todas en el mismo saco. Hay que ver hasta qué punto unas se deducen de otras, hasta qué punto no; cuáles son límites sanos y deseables de la acción humana, moralmente básicas, y cuáles son más bien patológicas. Lacan cita la Crítica de la Razón Práctica. Me parece importante recuperar y analizar la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. La Fundamentación me parece un texto fundamental (nunca mejor dicho), donde Kant expone su ética de forma más clara. Se supone que era una versión popular de su ética. No queda más remedio que pensar que ha cambiado mucho el concepto de lo popular desde entonces.

  • La primera fórmula del imperativo categórico

    La primera fórmula es aquella que dice: "Obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal."4

    Ésta es la primera fórmula de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres y no la de la Crítica de la Razón Práctica.

    ¿Qué es una máxima? "El principio subjetivo del obrar".

    ¿Qué es una ley? "El principio objetivo del obrar, válido para todo ser racional".

    Por ejemplo: Veo un niño que se ahoga en la piscina. Máxima: yo debo saltar al agua a sacarlo de ahí. ¿Puedo desear que esta máxima se torne ley universal y que todo el mundo deba saltar a la piscina? Pues sí. Puedo desear que los demás estén obligados por la misma máxima en su fuero íntimo, lo cual la convierte en ley universal. No es más que eso.

    Kant dice: "Hay que poder querer que una máxima de nuestra acción sea ley universal."5 "Poder querer". La moral es una cuestión de poder querer, de deseo. Pero en el fondo el problema no es desear que el otro se someta a la ley, sino estar dispuesto uno mismo a someterse a las mismas leyes que desea para los otros.

    La universalidad nos parece monstruosa, hoy en día. Tiene muy mala prensa. Exaltamos lo particular, lo singular, en todos los registros. Querría señalar que no es posible sostener valores morales para uso únicamente personal. La moral implica necesariamente cierto grado de generalización, si no de universalidad. No podemos renunciar a la moral, a ciertos límites, ciertas exigencias, si no para todos por lo menos para muchos; ni podemos ubicarnos a nosotros mismos o algunas personas sistemáticamente en un lugar de 'excepcionalidad' respecto a la ley.

    Doy otro ejemplo. Máxima: Debo parar delante de un semáforo rojo. Evidentemente que generalizo. Deseo que todos deban parar delante del semáforo rojo. Luego siempre aparece alguna persona que atropella a un peatón y pretende justificarse diciendo: 'es que tenía mucha prisa', según me contó una compañera de este seminario de Conceptos fundamentales, a la que atropellaron el otro día. Es decir que a aquella persona le parece bien que todos paren en el semáforo en rojo, salvo ella, que tiene mucha prisa... ¡Hace una excepción!

    Kant escribe: "Si ahora atendemos a nosotros mismos, en los casos en que contravenimos a un deber, hallaremos que no queremos que nuestra máxima deba ser una ley universal... Nos tomamos la libertad de hacer una excepción para nosotros, en provecho de nuestra inclinación."6 Es decir que deseamos que haya una ley, pero para los demás, y que nosotros estemos exentos de obedecer.

  • Los caracteres de excepción

    Hay un texto de Freud que se titula Varios tipos de carácter descubierto en la labor analítica, de 1916. Está compuesto por 3 capítulos: 1) los de excepción, 2) los que fracasan al triunfar y 3) los delincuentes por sentimiento de culpabilidad. Para entender a Kant, según mi punto de vista, interesa particularmente el primer apartado, sobre "los de excepción". Dice Freud:

    "La labor psicoanalítica se plantea siempre la tarea de mover al paciente a renunciar a un placer próximo e inmediato. No es que haya de renunciar en general al placer; ello es cosa de la que difícilmente puede creerse capaz a un hombre... No; el enfermo ha de renunciar tan sólo a aquellas satisfacciones a las que sigue, indefectiblemente, un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. O dicho de otro modo, debe llevar a cabo, bajo la dirección del médico, aquel avance desde el principio del placer al principio de realidad, que diferencia al hombre maduro del niño. ...

    "Si de esta suerte exigimos del enfermo una renuncia provisional a una cualquier satisfacción placiente, un sacrificio, una disposición a aceptar temporalmente el dolor para llegar a un mejor fin, o incluso tan sólo la resolución de someterse a una necesidad que a todo obliga, tropezamos con algunos sujetos que se rebelan contra tal exigencia, alegando una motivación especial. Dicen que ya han sufrido y se han privado bastante, que tienen derecho a que no se les impongan más restricciones y que no están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displaciente; pues son excepciones y se proponen seguir siéndolo. ..."

    Más abajo dice Freud: "Ahora bien: es indudable que a todos nos gustaría dárnoslas de 'excepciones', pretender, en consecuencia, la obtención de privilegios sobre los demás."

    Freud dice que se encuentra con que estos pacientes tienen una peculiaridad común: han tenido un padecimiento en sus primeros años infantiles, del que se sienten inocentes y que ellos estiman como una ofensa injusta inferida a su persona. Y derivan una serie de privilegios de esta injusticia. Por ejemplo, habla de un paciente que había sido víctima en la lactancia de una infección que le transmitió su nodriza. Dice Freud: Esta persona "durante toda su vida ulterior, se había alimentado de sus pretensiones de indemnización".

    Luego da el ejemplo del personaje del rey Ricardo, en Vida y muerte del rey Ricardo III de Shakespeare. Ricardo es tan feo y contrahecho que piensa que tiene derecho a ser un malvado. Freud dice que la obra realmente nos engancha. ¿Por qué? Porque nos identificamos; "todos nosotros podríamos llegar a ser como Ricardo, e incluso lo somos ya en pequeña escala. (...) Todos creemos tener motivos para estar descontentos de la Naturaleza, por desventajas infantiles y congénitas; y todos exigimos compensación de tempranas ofensas inferidos a nuestro narcisismo..." Etc.

    Pienso que en la actualidad, no es que no se conozcan los límites, o que se ignore la ley moral, 'la ley'. Lo que ocurre es que proliferan los caracteres de excepción.

    La primera fórmula del imperativo categórico de la Fundamentación, sólo dice: a la ley que tú desearías para los demás, obedece tú también. ¡No hagas una excepción contigo mismo! Kant allí no pretende que todo el mundo haga lo mismo en todos los ámbitos de la vida. Solo pretende que uno no se escaquee de las leyes que desearía para los demás. De lo que Kant no duda es que todo el mundo desea que los demás estén reglados, sometidos a leyes.7 Ahora bien, tengo que tomar en cuenta cuando actúo, de que los demás también tienen derecho de actuar como yo, según la misma máxima que yo, y ver si realmente deseo que eso ocurra, si yo puedo tolerar que los demás hagan lo que yo pretendo hacer. El nervio de la moral es siempre el reconocimiento del otro. Esto es lo que queda claro en la segunda fórmula del imperativo categórico. Por eso la primera fórmula lleva a la segunda. Es muy importante ver la interdependencia de esas dos fórmulas del imperativo categórico de la Fundamentación y no aislar la primera.

  • La segunda fórmula del imperativo categórico

    La segunda fórmula dice lo mismo, pero es más clara que la primera. Dice: "Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo, y nunca solamente como un medio."8 La humanidad debe ser siempre fin, no solo medio. Tomar al otro como medio, es habitual, es inevitable. Los usamos para que nos hagan un café, para ganarnos la vida con ellos, o para ir a la cama con ellos. Pero, además, "al mismo tiempo", los tenemos que tomar como fines. Es muy importante no obviar las locuciones adverbiales: "al mismo tiempo", "nunca solamente", dice Kant. No se pueden obviar los adverbios. No puedo utilizar al otro sólo como una cosa, un mero objeto, un medio. Ni tampoco a mí misma/o sólo como una cosa, un medio. Sí que los usaré y me usaré como medios; no hay más remedio. Pero por lo menos debo recordar que también deben/ debemos, ser fines. Tengo el deber. Si no se toman en cuenta las locuciones adverbiales, Kant queda como un idiota.9

  • Otras fórmulas del imperativo categórico

    Hay otras fórmulas del imperativo categórico, diferentes, más descarnadas, logicistas, y circulares. La más citada es: "Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal."10 Hay dos tipos de máximas que no pueden ser elevadas a ley universal:a) máximas que pueden serlo, pero no ser queridas como tales, y de ésas ya hemos hablado, b) otras máximas que ni siquiera pueden ser pensadas como leyes universales. Por ejemplo, si pido un crédito sabiendo que no voy a devolverlo, la máxima de mi acción no puede ser elevada a ley universal, porque si todo el mundo hiciera eso, no existirían los créditos. Brentano señala claramente que la argumentación de Kant no es sólida: "Ved cuán ridículo fuera que alguien tratara en modo semejante la pregunta siguiente: ¿Debo acceder a quien intenta sobornarme?, y contestase: Sí, porque si pensaras la máxima opuesta elevada a ley universal de la Naturaleza, ya no habría nadie que intentase sobornar a nadie, y, por consiguiente, quedaría la ley sin aplicación y, por tanto, anulada por sí misma." La objeción de Brentano es demoledora. El problema es si deseo la ley universal o no. Está claro que la primera fórmula del imperativo categórico de la Fundamentación, que pone el querer en la base de la moral, es mucho más sólida. El deseo de la ley no se puede eliminar de la moral.

    Otra fórmula del imperativo categórico es: "Obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse por tu voluntad en ley universal de la Naturaleza." Ahí también sorprende la falta de discriminación por parte de Kant entre la dimensión de la cultura y la dimensión de la naturaleza. Las objeciones de Kant al suicidio siempre remiten a esta fórmula absurda.

  • El deber

    La ética kantiana es una ética del deber. La obediencia a la ley moral no es optativa, es obligatoria. Ahora bien, no solo la universalidad de la ley moral, sino también el deber, tiene mala prensa en la época actual postmoderna.

    Lipovetsky, que no es un pensador extraordinario pero tiene exposiciones muy claras de la actualidad, tiene un texto que se titula: El crepúsculo del deber. Lipovetsky dice que vivimos una época de crepúsculo del deber. Que este crepúsculo ya comenzó con Kant, en la medida en que Kant secularizó el deber, sustituyó la ley de Dios por la obediencia a la Razón. Así que hubo, primero, un ciclo de "secularización del deber". Luego empezó un segundo ciclo: de "disolución del deber". En esto radica la excepcional novedad de nuestra cultura ética: "por primera vez estamos, dice Lipovetsky, en una sociedad que lejos de exaltar las órdenes superiores, las eufemiza y las desacredita, una sociedad que desvaloriza el ideal de abnegación, estimulando sistemáticamente la pasión del ego, la felicidad intimista y materialista." Dice que nos posicionamos más allá del deber, bajo los auspicios de una ética débil y mínima, sin obligación ni sanción, en una sociedad postmoralista. Nadie ya se anima a comparar la ley moral en mí con la grandeza del cielo estrellado sobre mí, como hacía Kant, dice Lipovetsky.

    El deber se escribía con mayúsculas y nosotros lo hemos miniaturizado, dice Lipovetsky. Era sobrio, organizamos shows mediáticos. (Piensen en todos estos conciertos de rock contra el hambre o el sida, estos imperativos morales, como subtítulo de programas de telebasura, de 'mande un mail por las víctimas del tsunami' debajo de un programa cardíaco repelente.) El deber ordenaba la sumisión incondicional de la inclinación a la ley; nosotros lo hemos reconciliado con el placer y el self-interest. El imperativo categórico ha sido substituido por el encanto de la felicidad, por el estímulo de los sentidos, por las solicitaciones del deseo, los consejos de la psicología, ahora la recetas de la auto-ayuda, los promesas de felicidad aquí y ahora. En definitiva "la cultura sacrificial del deber ha muerto; hemos entrado en el período postmoralista de las democracias".

    ¡Qué lejos estamos de aquel elogio que hacía Kant del deber, en el capítulo 3 de la Crítica de la Razón Práctica: "¡Deber! Nombre sublime y grande, tú que no encierras nada amable que lleve consigo insinuante lisonja, sino que pides sumisión, sin amenazar con nada que despierte aversión natural en el ánimo y lo asuste para mover la voluntad, tú que sólo exiges una ley que halla por sí misma acceso en el ánimo, y que se conquista veneración por sí misma y aun contra nuestra voluntad, (veneración aunque no siempre observancia); tú ante quien todas las inclinaciones enmudecen, aun cuando en secreto obran contra ti...." Etc.

    Es decir, para Kant, el deber ni amenaza ni asusta; tiene el logos, lenguaje-y-razón, el tejido de lo simbólico, de su lado; en cambio las inclinaciones enmudecen. Su transgresión no se puede justificar con el logos.11

  • El pesimismo antropológico

    Me gustaría también completar un poco la famosa cita clásica de la "Conclusión" de la Crítica de la Razón Práctica: "Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí...." Etc.

    Todo el mundo conoce la cita. Pero no se suele citar la continuación. Luego Kant dice: "Admiración y respeto pueden, sí, incitar a la investigación, pero no suplir su falta. (...) La consideración del mundo empezó por el más magnífico espectáculo que pueda presentarse a los sentidos del hombre (el cielo) ... y terminó por la astrología. La moral empezó con la más noble propiedad de la naturaleza humana... y terminó por el misticismo y la superstición. Así ocurre en todos los ensayos, aún burdos, en que la parte principal del asunto depende del uso de la razón; pues este uso no se adquiere por sí solo mediante el ejercicio frecuente, como pasa con el uso de los pies..."

    El uso de la razón no es como el uso de los pies. No se adquiere con la práctica, dice Kant. Tal vez por eso decimos que se piensa a veces con los pies. Pienso que se tiende a ignorar el sentido del humor y la fina ironía de Kant. Kant es divertido, y su alegre pesimismo se parece mucho al que volvemos a encontrar luego en Freud. Vemos, en esta conclusión de la Crítica de la Razón Práctica, que Kant no se hace ilusiones respecto a la capacidad moral del hombre.

    Freud retoma este pesimismo en sus Nuevas Lecciones Introductorias al Psicoanálisis: "El filósofo Kant dijo, como sabéis que nada le probaba tan convincentemente la grandeza de Dios como el firmamento estrellado y nuestra conciencia moral. Los astros son ciertamente magníficos; pero en cuanto a la conciencia moral, Dios ha llevado a cabo una labor desigual y negligente, pues una gran mayoría de los hombres no ha recibido sino muy poca; tan poca, que apenas puede decirse que posean alguna."12 Ni Kant ni Freud se hacían demasiadas ilusiones sobre la moralidad del ser humano.

  • El problema de la felicidad

    Nos queda todavía el problema de la felicidad. Toda reflexión ética tiene que enfrentarse con ese problema de la felicidad.

    Pero antes, me gustaría comentar algunas cosas que pienso de forma intuitiva, es decir, cosas que me ha parecido oír, entender, pero que soy incapaz de justificar, o sea de apoyar en textos.

    He de decir que me gusta del psicoanálisis lacaniano su nervio moral. La moral no está ausente de ella. Me parece que hay cierta exigencia de ética profesional para el analista, que es ética tout court tal vez, responsabilidad frente a su propio goce o algo así. Y hay cierta exigencia ética para el analizando. Creo que la moral no se concibe como algo deseable simplemente porque sea un sistema de mejor adaptación a lo social. Creo que este 'hacerse responsable del propio goce' del lacanismo tiene un toque kantiano... Porque es un 'hacerse responsable' sin garantías, sin recompensas automáticas, es un 'hacerse responsable' porque sí, categórico...

    Me parece que el psicoanálisis lacaniano no es eudaimonista: no es una teoría pastelosa que apunte a la felicidad del paciente. No exactamente. En todo caso, si todo va bien y el analizando vive más cerca de su verdad, tal vez obtenga cierta ganancia de felicidad... Tampoco gran cosa. Tal vez sufra un poco menos, por lo menos no corra raudamente hacia su propia destrucción, tal vez tenga una vida un poco más plácida. Me parece haber escuchado en este curso que no podrá verse librado de la angustia.

    Ahora bien, ¿cómo trata Kant la cuestión de la felicidad? Creo que hay dos tratamientos diferentes de la felicidad en la Fundamentación y en la Crítica de la razón práctica.

    Todo el mundo conoce la famosa frase de Kant, de la Crítica de la Razón Práctica, que dice: "No es propiamente la moral la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad."13 Kant dice, en esta frase, que el problema de la moral no es que la gente sea feliz sino que la gente sea moral. De que sea feliz, se ocupará en todo caso otra doctrina. Por otro lado parece sugerir que no nos merecemos la felicidad, si no somos morales. Joroba un montón esta idea de que espontáneamente no nos merezcamos la felicidad. Kant nos ofende con esta frase, en lo más profundo de nuestro narcisismo. Pero esto no es una objeción. Lo que sí es una objeción es que la frase tiene una carga mortífera importante, porque Kant afirma que la moralidad es un ideal, y como ideal es inalcanzable por definición, luego sabe que nadie será realmente digno de la felicidad. Debemos llegar a ser dignos de la felicidad, pero no lo seremos nunca.

    Este fragmento de la Crítica de la Razón práctica sugiere que Kant no solamente se despreocupa de la felicidad del ser humano, sino que lo condena al malestar. En cambio en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, hay un tratamiento diferente de la cuestión de la felicidad.

    ¿Cómo trata Kant la cuestión de la felicidad en la Fundamentación? En la Fundamentación, Kant es pesimista respecto a la cuestión de la felicidad. Piensa que la mano viene mal dada y que el ser humano, dotado de razón, no está hecho para ser feliz. Kant plantea la incapacidad de la razón para garantizar la felicidad del ser humano. "Si en un ser, que tiene razón y una voluntad, su conservación, su bienandanza, en una palabra, su felicidad, fuera el fin propio de la naturaleza, / la naturaleza habría tomado muy mal sus disposiciones al elegir la razón de la criatura / para encargarla de realizar aquel su propósito. ... Todas las acciones que en tal sentido tiene que realizar la criatura... se las habría prescrito con mucho mayor exactitud al instinto...". Es decir, si de lo que se trataba era de ser feliz, más hubiese valido no ser racionales, y limitarnos a ser instintivos.14

    En segundo lugar, Kant dice que la razón no puede garantizar la felicidad, porque la felicidad no es un concepto a priori; es una idea "vacilante"15, y a ratos una noción tan empírica, tan indeterminada, que nadie sabe decir en qué consiste concretamente ni siquiera para sí mismo.16 La felicidad es "un ideal de la imaginación". Y lo peor de todo es que "cuanto más se preocupa una razón cultivada del propósito de gozar la vida y alcanzar la felicidad, tanto más el hombre se aleja de la verdadera satisfacción"17. Es decir, cuanto más imaginariamente busca el hombre la felicidad más desgraciado se hace.

    En tercer lugar y previsiblemente, Kant dice que la búsqueda acrítica de la felicidad es un obstáculo para la moralidad. Escribe: "El hombre siente en sí mismo una poderosa fuerza contraria a todos los mandamientos del deber, que la razón presenta tan dignos de respeto. Consiste, esa fuerza contraria, en sus necesidades y sus inclinaciones, cuya satisfacción total comprende bajo el nombre de felicidad... De aquí se origina una 'dialéctica natural', esto es una tendencia a discutir estas estrechas leyes del deber, a poner en duda su validez, o al menos su pureza y severidad estricta, a acomodarlas en lo posible a nuestros deseos y a nuestras inclinaciones, es decir, en el fondo, a pervertirlas y a privarlas de su dignidad."18 "Dialéctica natural" llama Kant al antagonismo entre el deber y las inclinaciones.

    No obstante, me parece muy importante resaltar que la ley moral limita más bien el deseo ilimitado de felicidad a una serie de condiciones, pero no lo elimina. Hay un fragmento poco citado de Kant, al principio de la Fundamentación, pero que me parece muy interesante. Dice: "Asegurar la felicidad propia es un deber -al menos indirecto-; pues el que no está contento con su estado, el que se ve apremiado por muchos cuidados, sin tener satisfechas sus necesidades, pudiera fácilmente ser víctima de la tentación de infringir sus deberes." Subrayo lo de "asegurar". Ser feliz no es un deber, pero poner las condiciones, sí. Esta afirmación de Kant parece entrar en contradicción con todo su pensamiento. Él mismo se da cuenta de lo raro que resulta plantear un deber de asegurar la felicidad propia. Dice a continuación: "Pero, aun sin referirnos aquí al deber, ya tienen los hombres todos por sí mismos una poderosisíma e íntima inclinación hacia la felicidad, porque justamente en esta idea se reúnen en suma total todas las inclinaciones."

    Entonces ¿para qué convertir en deber el objetivo de 'asegurar-la-felicidad-propia', si de todos modos hay una inclinación a asegurarla? Porque "el precepto de la felicidad está las más veces constituido de tal suerte que perjudica grandemente a algunas inclinaciones." Es decir, la inclinación a la felicidad es una inclinación torpe, inepta, contraproducente. Utiliza las más de las veces, como dice Kant, 'preceptos', es decir, recetas, y pésimas. Que perjudican más de lo que ayudan. Kant da ahí el ejemplo de los enfermos que no se cuidan y prefieren placeres momentáneos a esforzarse por alcanzar una salud que les parece al fin y al cabo improbable... Con lo cual se hacen daño a sí mismos. Habla en concreto de los enfermos de gota, frecuentes en su época.

    Kant escribe en la Fundamentación: "Queda, sin embargo, aquí, como en todos los demás casos, una ley, a saber: la de procurar cada cual su propia felicidad, no por inclinación, sino por deber, y sólo entonces tiene su conducta un verdadero valor moral."19 Es decir, Kant no rechaza la felicidad; simplemente la supedita a la ley moral. Hay que procurar cada cual su propia felicidad, poner las condiciones para la propia felicidad.

    Incluso dice Kant que "la vida propia es digna del mayor respeto y el mayor cuidado, para su mantenimiento y su utilización alegre para nobles fines". Subrayo lo de "utilización alegre". Sí, sí. Kant habla de alegría. Creo que Kant apuesta más por la alegría que por la felicidad. Kant es un autor alegre, un escritor con mucho sentido del humor, que pone siempre comentarios irónicos, gags y boutades en sus escritos, sobre todo en los antropológicos y los morales. De hecho en la vida cotidiana era bastante alegre, un conversador muy divertido y un comensal muy apreciado de la alta burguesía. Un testigo de la época dice: "Es el anciano más atento, el más divertido; un verdadero bon vivant en el sentido más noble. Digiere los platos más pesados tan bien, como el público digiere mal la filosofía que les da a leer."20

    Kant siente mucha antipatía por los melancólicos. Dice que "el alma abatida por el temor denota una disposición servil, que implica un odio oculto a la ley moral". Es decir, ya en Kant está la idea de cierta inmoralidad oculta del alma melancólica.

    Yo creo que este "deber indirecto de asegurar la felicidad" es lo que más se parece a la responsabilidad que uno asume cuando se obliga a sí mismo al trabajo de un psicoanálisis. Uno aparca su tendencia inepta a la felicidad, pone en tela de juicio la 'idea vacilante' que se ha montado de lo que es la felicidad, y se propone como un deber no muy grato asegurarla. Uno se compromete a dejar de sufrir inútilmente y rectificar su posición subjetiva. Es decir, se impone "el deber -aunque sea indirecto- de asegurar la felicidad propia".

 

Conclusiones

Es posible que haya hecho una lectura un poco sesgada de Kant, privilegiando en él lo que me servía para hacer su elogio. Pero creo que hay dos Kant. Un Kant que despeja magistralmente el quid de la cuestión ética, que es reconocer al otro como fin además de como medio, y no ubicarse puerilmente en un lugar de excepcionalidad respecto a los límites morales. Este Kant es el de "obra de tal modo que puedas desear...", de la Fundamentación. Es un Kant no moralista, sino ético y crítico, un Kant que no pretende agregar otra moral filosófica más, sino que despeja, ilumina la armazón de toda moral, de cualquier moral, que tiene que estar fundada sobre el respeto de la humanidad, el reconocimiento del otro y de uno mismo. Hay otro Kant moralista dogmático, legislador cósmico, que aplasta al sujeto multidimensional en la única dimensión de la moral, prohibiéndole toda excepcionalidad, toda singularidad. Es el Kant del "obra de modo que tu máxima pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal", o del "obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse por tu voluntad en ley universal de la Naturaleza", de la Fundamentación. Pero vivir humanamente es ser singular, tener el espacio de la singularidad. Y no confundir las leyes humanas con las leyes de la Naturaleza. Me parece que hay cierto deslizamiento en Kant, desde el principio de la Fundamentación a la Crítica de la Razón Práctica, un avanzar hacia una ética más rigorista y mortífera.

Al margen de mi fidelidad o infidelidad al texto de Kant, creo que no debemos dejarnos impresionar por 'el crepúsculo del deber' de la actualidad. Y ésta es la razón por la cual apetece recuperar algo del viejo Kant, que señala con mucha nitidez que no se puede obrar guiándose únicamente por eudaimonismos y hedonismos, narcisismos individuales o sociales e imperativos de goce, ese viejo Kant que ubica con claridad meridiana el límite moral que conviene respetar.

Tampoco debemos dejarnos impresionar por la veneración y la exaltación de la ley moral por Kant. La ley moral no tiene nada de tan sublime, como pensaba Kant. Pero tampoco tiene, al fin y al cabo, nada de tan temible, como parece pensar la postmodernidad. La ley moral es más bien una lata. ¿Pero bien habrá que respetar algunos límites morales, aunque sea sin mucho entusiasmo, no?

Por otro lado, la reivindicación sistemática de la singularidad y la excepcionalidad, en todos los terrenos y ese antiuniversalismo compulsivo con el que nos encontramos a veces hoy en día me parecen francamente excesivos. Me temo que no reparten indemnizaciones por el complejo de castración...

Notes

  1. Necesitaba silencio, entre otras cosas, porque daba clases en su casa. Cuando fue privat dozent ejerció la filosofía como una profesión liberal y los estudiantes-clientes acudían a su casa para escucharle. "Kant percibía de la autoridad real un menguado peculio como vicebibliotecario. Pero como docente se estableció por su cuenta como trabajador independiente, con todos los inconvenientes que esto supone. Lo esencial de sus ingresos lo constituían los honorarios que le proporcionaban sus alumnos. Si no había clientes, no había dinero. Kant permanecía tributario del antiguo sistema medieval en el que los universitarios recibían el pago de los alumnos. Nada que ver con nuestra moderna universidad; ni tan siquiera con aquella de Berlín que, por el 1830, aseguró la carrera y la estabilidad del profesor Hegel. Kant ejercía la filosofía como profesión liberal, como un médico o un abogado. (...) Trabajaba en casa. (...) Su domicilio era una pequeña empresa con dos trabajadores: él mismo y su criado, Lampe. Su clientela se componía de jóvenes y maduros estudiantes. En su programa, todo tipo de materias: geografía, poesía, artillería, astronomía. Se olvida demasiado a menudo que la filosofía no constituía su principal enseñanza. Es absurdo convertir a Kant en el primer profesor de filosofía. Kant no es el primer filósofo moderno, sino el último del Antiguo Régimen. Escribía sus textos de filosofía antes o después del trabajo, como una terapia o una devoradora pasión." J.-B. Botul, pp. 22-23.

  2. Pillé una referencia al asunto del botón en la Antropología. "Muchas personas son desgraciadas porque no pueden abstraer. El soltero podría hacer un buen matrimonio sólo con que pudiese no ver una verruga en el rostro o una mella en los dientes de su amada. Pero es una particular perversión de nuestra facultad de atender el fijar la atención, incluso de un modo involuntario, justamente en lo que hay de defectuoso en los demás ; el dirigir los ojos a un botón que falta en la casaca justamente enfrente de nuestra cara, o a la mella, o a un defecto de pronunciación habitual, confundiendo al prójimo con ello, pero echando también a perder nuestro juego en el trato social. Cuando lo principal está bien, no es sólo justo, sino también prudente apartar la vista de lo malo de los demás, e incluso de nuestro propio estado de felicidad; pero esta facultad de abstraer es una fortaleza de ánimo que sólo se logra adquirir mediante el ejercicio." Antropología, parágrafo 3. El botón que falta, la mella en la dentadura o la verruga en el rostro de la dama cortejada, la mala dicción... ¡vaya serie!

  3. Entiendo que el imperativo de veracidad evidentemente ponga los pelos de punta a cualquier psicoanalista. Porque sabe que la veracidad está atada al goce y no puede ser más que epifenoménica en un sujeto esencialmente dividido. Además, si el analista fuera a ser "veraz", el análisis sería imposible. El analista tiene más bien el imperativo de ser lacónico. Pero esto no quiere decir que cierta veracidad no permanezca como ideal del lado del analizando, de comunicar todas sus asociaciones 'libres', que el analizando se muere de ganas de ocultar y ocultarse... La pregunta del analizando no es la de Hamlet, "¿ser o no ser?", sino la de Nietzsche "¿cuánta verdad puede tolerar el ser humano?". That's the question.

  4. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cap. 2, p 72 en ed. Austral (trad. de García Morente).

  5. Ibid. p.76.

  6. Ibid., p.77.

  7. En todo caso éste es el flanco débil, lo hipotético, de la Fundamentación. Tal vez haya gente encantada con que todo el mundo esté desregulado.

  8. Fundamentación, p.84.

  9. J.-A.Miller dice: "si, por ejemplo, entramos en el principio de la reciprocidad (yo diría más bien 'reconocimiento') y decimos que hay que tratar siempre al otro como un fin, veremos que éste es un hermoso principio, pero que en la relación sexual no sirve de mucho. ¿Cómo podría ser un acto sexual así? Lacan dice: 'Puede ser algo moral, pero no será sexual'. Este principio, en efecto, vale para los seres razonables; pero no vamos a decir que valga para los seres sexuales." Lakant, 1ª Jornada de la EEP-ECFB, p. 34. (a) Me temo que Miller no toma en cuenta las locuciones adverbiales; hay que tratar siempre al otro al mismo tiempo como fin, es decir, 'al mismo tiempo que uno lo trata como medio'; y (b) pienso que algo de la moralidad también debe existir en la cama, aunque no sea el motor ni lo esencial de la vida sexual.

  10. CRPr, p.50.

  11. ¿Dónde está el agalma, la joya, en la ética kantiana? En el fondo no en el deber, sino en la "buena voluntad", señalada explícitamente como agalmática por Kant. Dice en la Fundamentación, pp. 28-29: "La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma. (...) Aun cuando por particulares enconos del azar o por la mezquindad de una naturaleza madrastra, le faltase por completo a esa voluntad la facultad de sacar adelante su propósito; si, a pesar de sus mayores esfuerzos, no pudiera llevar a cabo nada y sólo quedase la buena voluntad -no desde luego como un mero deseo, sino como el acopio de todos los medios que están en nuestro poder-, sería esa buena voluntad como una joya brillante por sí misma, como algo que en sí mismo posee su pleno valor."

  12. "Lección XXXI: Disección de la personalidad psíquica, vol. III, p. 3133. El comentario de Freud es divertido, aunque no es exacto, porque en la filosofía kantiana el firmamento estrellado no prueba la grandeza de Dios. No hay prueba cosmológica de la existencia de Dios, para Kant.

  13. CRPr, II, 2, 5, p. 182.

  14. Por eso Kant dice que entiende que algunas personas, "y precisamente los más experimentados en el uso de la razón" acaben sintiendo "cierto grado de misología u odio a la razón", porque se encuentran que "se han echado encima más penas y dolores que felicidad han podido ganar".

  15. Fundamentación, cap. 1, pp. 36-37.

  16. "Es una desdicha que el concepto de la felicidad sea un concepto tan indeterminado que, aun cuando todo hombre desea alcanzarla, nunca puede decir por modo fijo y acorde consigo mismo, lo que propiamente quiere y desea. Y la causa de todo ello es que todos los elementos que pertenecen al concepto de la felicidad son empíricos, es decir, tienen que derivarse de la experiencia, y que, sin embargo, para la idea de la felicidad se exige un todo absoluto, un máximo de bienestar en mi estado actual y en todo estado futuro. Ahora bien, es imposible que un ente, el más perspicaz posible y al mismo tiempo el más poderoso, si es finito, se haga un concepto determinado de lo que propiamente quiere en este punto. ¿Quiere riqueza? ¡Cuántos cuidados, cuánta envidia, cuántas asechanzas no podrá atraerse con ella! ¿Quiere conocimiento y saber? Pero quizá esto no haga sino darle una visión más aguda, que le mostrará más terribles aún los males que están ocultos para él y que no puede evitar, o impondrá a sus deseos, que ya bastante le dan que hacer, nuevas y más ardientes necesidades? ¿Quiere una larga vida? ¿Quién le asegura que no ha de ser una larga miseria? ¿Quiere al menos tener salud? Pero ¿no ha sucedido muchas veces que la flaqueza del cuerpo le ha evitado caer en excesos que hubiera cometido de tener una salud perfecta? (Etc., etc.) En suma, nadie es capaz de determinar, por un principio, con plena certeza, qué sea lo que le haría verdaderamente feliz, porque para tal determinación fuera indispensable la omnisciencia. (Fundamentación, pp. 67-68)

  17. Fundamentación, p. 30.

  18. Fundamentación, p. 45-46.

  19. Fundamentación. p. 36.

  20. J.-B. Botul, p. 21.

Bibliografia

  • FREUD, S., Varios tipos de carácter descubierto en la labor analítica.
  • FREUD, S., Nuevas Lecciones Introductorias al Psicoanálisis.
  • KANT, I., Fundamentación de la metafísica de las costumbres.
  • KANT, I., Crítica de la Razón Práctica.
  • KANT, I., Antropología.
  • KANT, I., La religión dentro de los límites de la mera Razón.
  • KANT, I., El poder de las facultades afectivas.
  • KANT, I., Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza.
  • BOROWSKI, L. E., Relato de la vida y el carácter de Immanuel Kant.
  • BOTUL, J.-B., La vida sexual de Immanuel Kant.
  • FISCHER, K., "Vida de Kant e historia de la filosofía crítica", estudio preliminar a la edición de Losada de la Crítica de la Razón Pura.
  • WASIANSKI, E. y DE QUINCEY, T., Vida íntima de Kant.
  • CASSIRER, E., Kant, vida y obra.
  • GARCIA MORENTE, Kant.
  • GOLDMANN, V., Introducción a la filosofía de Kant.
  • HEGEL, G.W.F., Lecciones sobre la historia de la filosofía, vol. III.
  • RENAULT, A., Kant aujourd'hui.
  • WEIL, E., Problèmes kantiens.
Alín Salom

Volver a leer la ética de Kant

NODVS XIII, maig de 2005

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