Dos estatutos del síntoma*“Let us turn to Finn again"

Artículo de investigación clínica entorno a la experiencia analítica en la psicosis, trabajado en el contexto del Seminario de Investigación de la Tétrada "Transferencia y psicosis, hoy", impartido por Vicente Palomera en la Sección Clínica de Barcelona, durante el curso 2010-2011. Publicado en francés en La Cause Freudienne número 38. Traducción a cargo de Glòria Bladé y Montserrat Serra.

  • Publicado en NODVS XXXIV, juliol de 2011

Resum

El presente artículo examina la legitimidad del tratamiento psicoanalítico en la cura de las psicosis, la pregunta sobre si la cura del sujeto psicótico se puede pensar como una experiencia analítica, y la solución que el análisis puede aportar al síntoma en la psicosis. En particular, se examina la incidencia del sinthoma, término introducido por Lacan en relación a la psicosis, en la forma de orientar la interpretación en la neurosis, así como la posición del analista en la psicosis.

Paraules clau

psicosis; experiencia analítica; sinthoma; Joyce; Wolfson; Aimée; Schreber.

Me he interrogado sobre la cura de las psicosis. Me he preguntado cómo definir la práctica del psicoanalista con un sujeto psicótico, y cómo legitimarla. Probablemente podríamos hablar de psicoanálisis de las psicosis; podríamos, pero vacilamos a la hora de hacerlo. Cuando hemos tratado este tema, hemos preferido hacerlo bajo el título de experiencia psicoanalítica de las psicosis. En cualquier caso, habría que diferenciarlo del psicoanálisis de las neurosis, y dar un nuevo sentido a lo que queremos decir cuando hablamos de psicoanálisis en el caso de las psicosis.

Lacan utiliza el término tratamiento, al menos para calificar el objetivo de la práctica con un sujeto psicótico. En esta práctica nos encontramos con el síntoma, pero en las psicosis no se trata de interpretarlo, ni de descifrarlo. Lo que el sujeto psicótico puede esperar del psicoanalista es un tratamiento por el síntoma. La experiencia de las psicosis ha permitido descubrir que el síntoma es un modo de tratamiento, y esto es lo que Lacan desarrolla en la segunda parte de su enseñanza, cuando encuentra un síntoma nuevo, distinto del síntoma freudiano: el sinthoma joyceano.

Lacan se deja enseñar por las psicosis una vez más y, en 1987, Jacques-Alain Miller resalta al respecto el valor de la experiencia de la psicosis. El estatuto del síntoma en las psicosis inscribe al sujeto psicótico legítimamente en la experiencia psicoanalítica, en la medida en que el síntoma psicótico, en tanto que síntoma, dice la verdad del síntoma neurótico. En su exposición “La interpretación al revés”, Jacques-Alain Miller sacó conclusiones que le llevaron a invitarnos a tomar el sinthoma como punto de partida para orientarnos en la cura de los sujetos neuróticos. De ahí dedujo un nuevo régimen de la interpretación, formulado así: “Una práctica que en el sujeto apunta al sinthoma no interpreta a la manera del inconsciente.” Jacques-Alain Miller destacó lo siguiente: en un análisis, se trata de acompañar al sujeto neurótico hasta los significantes verdaderamente elementales, a contracorriente de la interpretación que de ellos ha hecho el inconsciente. En la medida en que el fenómeno elemental, en tanto que manifiesta el estado originario del sujeto en lalangue, es puesto al desnudo en la psicosis, es pertinente pensar la neurosis a partir de la psicosis.

Sin atenernos más que al título de su escrito, hay, para Lacan, un tratamiento posible de la psicosis. A lo largo del texto, deviene más preciso y considera el objetivo de ese tratamiento. Es notable que, situándose en una perspectiva analítica, Lacan introduzca el término tratamiento. Lo hace en relación con el problema de la psicosis. No lo utiliza en el caso de las neurosis y no habla jamás de tratamiento de la neurosis. El mismo año 1958 del que partimos, redacta dos textos. El primero, al que nos hemos referido, afronta el tratamiento de la psicosis. Algunos meses más tarde, produce otro, que trata de la dirección de la cura. “La dirección de la cura”, está claro a lo largo de todo el texto, concierne a la dirección de la cura de las neurosis.

La palabra cura designa un psicoanálisis, con su principio, su duración y su final. La dirección de la cura supone una política en cuanto a su fin, una estrategia de la transferencia y una táctica de la interpretación. La cura, en este sentido, lo es de una neurosis. El término cura es un clásico en el vocabulario del psicoanálisis, y es el término del que se sirve Lacan al principio de su enseñanza. Es así que en 1955 escribió, antes del de 1958, un texto sobre “Las variantes de la cura-tipo”. Aunque la expresión “cura-tipo” le fue impuesta y él la rechaza, sigue tratándose de cura en lo que escribe. No es hasta después de 1958 que abandona este término y lo sustituye por el de psicoanálisis, simplemente. La substitución de una palabra por la otra se produce por otra parte en el escrito de 1955, al hilo de esta frase que cito: “un psicoanálisis […] es la cura que se espera de un psicoanalista”. En este momento crucial del texto hay otro giro, decisivo para lo que seguirá, que consiste en desplazar el acento de una definición formalista de la cura a una interrogación sobre el deseo del psicoanalista.

Un psicoanálisis, en el caso de una neurosis, empieza cuando un paciente se encuentra con un psicoanalista para quejarse de un síntoma, y el análisis consiste en el desciframiento de este síntoma. Al final, un psicoanálisis pretende ir más allá del fantasma en el que se sostenía el síntoma, para alcanzar lo real de la pulsión alojado en el corazón del goce del síntoma. Así, el análisis de un sujeto neurótico iría de lo simbólico que constituye la envoltura formal del síntoma hasta lo real de la pulsión.

En “Lituraterre”, Lacan se burla del consejo dado a Joyce de hacer un análisis. Considera que Joyce no habría ganado nada de ello, en la medida en que el artista, por una vía directa, habría logrado ya lo mejor que se puede alcanzar en un final de análisis. Lacan prosigue, en esta línea, subrayando que Joyce ha llegado al resultado de testimoniar del goce propio del síntoma, pero sin recurrir a la experiencia del análisis. Esta observación toma todo su valor si tenemos en cuenta que Lacan se refiere a Joyce como un caso de psicosis. La conclusión que deberíamos extraer de ello es que no hay necesidad de un análisis en las psicosis.

Lo que se espera de un análisis es que el sujeto, más allá de sus identificaciones, perciba lo real de su ser de desecho. Lacan muestra que Joyce – fuera de todo análisis – ha alcanzado este punto. Lo ilustra – siguiendo al propio Joyce – jugando con el equívoco letter / litter. Letter [letra], la letra en tanto símbolo, y litter [basura], la letra como desecho. El escritor, más allá de la letra como semblante, está directamente en relación con lo real de la letra como desecho. El formidable poder creativo de Joyce se debe a que él no se ve frenado por ninguna de las dependencias que la letra tiene con lo simbólico y lo imaginario. Se relaciona con una letra que ha roto todas sus identificaciones, que no está ligada a ninguna significación estable. Su obra paga esta extraordinaria libertad con una gran parte de ilegibilidad.

Joyce ha descrito el proceso de su creación literaria. Recoge las palabras en las tiendas, de los carteles, de los labios de la gente que deambula a su alrededor. Se las repite tantas veces que al final pierden su significación.

Estas palabras leídas, escuchadas, se presentan en su dimensión de significante elemental, separado de toda significación. La palabra se vuelve la cosa que es. Joyce eleva esta mutación de la letter en litter a la dignidad de una epifanía. No se trata realmente de una alucinación, sino habría que reconsiderar la alucinación en un sentido nuevo. Lacan define la epifanía como un anudamiento directo del inconsciente con lo real. Formulación a comparar con “la irrupción de un símbolo en lo real” con la que define en 1958 la alucinación marrana.

Estas palabras no se dirigen a Joyce, y él tampoco tiende a atribuirlas a un sujeto. Se trata, en Joyce, de una relación con el fenómeno elemental de lalangue antes de cualquier implicación subjetiva, sea ésta la del otro o la suya propia. Es más bien lalangue en tanto que Otra, lalangue en tanto que primer partenaire del sujeto, como lo ha subrayado Jacques-Alain Miller en su “Clínica irónica”.

Joyce trata este fenómeno elemental, restituido a su valor literal. Lo interpreta de una manera muy especial. Después de su vagabundeo, una vez cosechadas las epifanías, vuelve a su casa y ensambla las palabras y las frases que no tienen sentido. Cada día, durante largos años, continua este work in progress, deviene el Artista.

Lacan propuso considerar Finnegans Wake como una lengua fundamental, en la medida en que no quiere decir nada, y no dice nada. No habla. Es una lengua y, más exactamente, una lengua hecha de pedazos dispersos del inglés, pero también arrancados a una cuarentena de otras lenguas. Es la lengua de un nuevo mundo, una nueva-lengua, que nadie puede hablar, que solamente está hecha para escribirse, y que se fabrica escribiéndose. No se alcanza más que por la escritura, pero uno puede servirse de ella, y Lacan se ejercitó en ello, felizmente.

Lacan remarcó que la homofonía translingüística de la que se sirve Finnegans Wake no se sostiene más que en una letra conforme a la ortografía de la lengua inglesa. Joyce explota las homofonías translingüísticas de este tipo: la palabra que se escribe who en inglés, se puede escuchar como el francés .

Opuesto al de Joyce, podemos situar otro uso de la letra, el de un sujeto neurótico de lengua francesa. Este sujeto consume su existencia en la fascinación muda que ejercen en él las imágenes radiográficas que escruta de la mañana a la noche por exigencia de su actividad profesional. Fijado a la letra sobre soporte transparente, se queda inmovilizado en el goce infinito que lo fija al viejo aparato radiofónico, cuyas modulaciones cubrían los retozos parentales. Esta elección profesional, elevada por el sujeto a la dignidad de un síntoma que mantiene la ficción de la escritura de la relación sexual, goza del favor de un equívoco. El aparato de radio puede ser radiofónico o radiográfico. Al término de una de esas múltiples jornadas de las que sale abrumado, dice, en sesión, “je suis avide – à vide1. Dándose cuenta del equívoco, añade: “no sé cómo escribirlo, si en una o en dos palabras”. Comentando estas dos escrituras, las asocia con un niño presente en un sueño. Reconoce en el joven personaje al niño que él mismo fue, un niño ávido de saber y, particularmente, de un saber matemático, científico o técnico. Pero esa avidez no se pudo satisfacer, pues el niño se lía con el uso de la letra matemática. Se enreda en la escritura de las ecuaciones algebraicas que no puede resolver, carga con la letra demasiado pesada de las significaciones de un padre que es un ingeniero brillante. Entonces se vuelca machaconamente en la lectura de obras especializadas, en vano. Le haría falta vaciar la letra de ese peso para que, por fin aligerada, le pudiera servir para una avidez nueva. Sólo lo conseguirá por medio de una nueva relación sintomática con el saber, distinta de la abulia y la apatía que hoy en día lo lastran.

Volvamos a un ejemplo de psicosis, en la manera en que Wolfson trata la materia sonora de la lengua inglesa. Lo hace con la ayuda de un pequeño aparato sintomático de fabricación propia. Recurre a la fonética, el léxico y la ortografía de cuatro lenguas para transformar y volver inofensivos los sonidos del inglés. Las cuatro lenguas son el francés, el hebreo, el alemán y el ruso. Esta transformación lingüística se apoya en la letra. Así, el sonido del inglés earlyse puede desactivar transponiéndolo al francés sur le champ3. La operación se basa en las dos letras r y l que se encuentran en las ortografías respectivas de early en inglés y sur le champ en francés. Se trata de una operación transliteral. La simple traducción de early por de bonne heure4 no bastaría, porque conviene abordar realmente la palabra o, más precisamente, su sustancia sonora, pero conservando el esqueleto literal. Algunas palabras son muy difíciles de tratar y, por ejemplo, la palabra believe exige a Wolfson cuarenta páginas de escritura hasta poder con ella.

Por lo tanto, se plantea la siguiente cuestión: habiendo alcanzado el sujeto en la psicosis ese punto situado más allá de un psicoanálisis, ¿qué se podría esperar de un análisis en un caso de psicosis? Nada, respondería Freud. Freud pensaba que un psicoanálisis era imposible en la psicosis, puesto que la transferencia, entendida como amor de transferencia, no tiene lugar y sin embargo es la condición para que un análisis sea posible.

En este punto Lacan difiere de Freud, en tanto consideraba que el psicoanalista no debía retroceder ante la psicosis. Como resultado, la cuestión se desplaza. Freud constató que un análisis basado en el sujeto supuesto al saber es imposible en las psicosis. Lacan añade que de todos modos es presuntuoso proponer un análisis a un sujeto psicótico, dado que ya ha obtenido lo mejor que se puede esperar de un análisis. Sin embargo, habiendo descartado la posibilidad de un análisis, mantiene que el analista debe afrontar la psicosis. A partir de ahí, la cuestión se formula así: ¿qué esperar de un analista, en un caso de psicosis, si no se trata de un psicoanálisis?

Lacan pensaba que el sujeto psicótico puede esperar algo de un análisis, y ésta es la razón por la que introdujo el término de tratamiento. Consideraba que la psicosis requería un tratamiento, y estimó que dicho tratamiento era posible, aunque sujeto a una cuestión preliminar que es la siguiente: ¿la transferencia psicótica es manejable?

Freud remarcó que en las psicosis no hay transferencia al sujeto supuesto al saber. Sin embargo, añadió Lacan, existe una transferencia psicótica, ciertamente de una naturaleza especial. Se trata de una transferencia persecutoria y erotomaníaca.

Con el caso de su tesis, el de Aimée5, bien nombrada para la ocasión, Lacan tuvo la experiencia de esta transferencia, que es un obstáculo para la acción del analista. La acción del analista no es concebible más que si uno puede manejar esta transferencia y cambiar su naturaleza. Lacan también tuvo la experiencia de que eso era posible, y justamente en el caso Aimée. Cuando se hizo cargo de ello, él no fue para ella el agente de una erotomanía persecutoria, sino el lector de sus escritos, y su secretario. Dedujo de ello que hay que esperar un vuelco así de la transferencia en el caso de las psicosis, para que se instale una transferencia que no sea ni el amor dirigido al saber, ni una transferencia erotomaníaca, sino una transferencia a un Otro que posibilite una relación con el analista que permita que éste pueda intervenir. Lacan pudo declinar algunas de estas posiciones del Otro y su modalidad transferencial. Hay diferentes registros del partenaire imaginario, simbólico o real que el analista puede encarnar ante el sujeto para permitirle operar en las psicosis. La noción de partenaire-síntoma, introducida por J.A. Miller, permite tomar con una perspectiva renovada la cuestión de saber lo que podemos ser para el sujeto psicótico en la experiencia analítica.

Entonces un tratamiento de las psicosis sería posible pero, ¿qué se podría esperar de un tratamiento tal, si en un caso de psicosis el sujeto ya ha llegado al final del camino que es el de un análisis? Lo que puede esperarse del tratamiento de una psicosis es totalmente distinto de lo que puede alcanzarse por el análisis de una neurosis. Incluso sería exactamente lo inverso.

En una neurosis, se trata de descifrar los síntomas e ir de lo simbólico hacia lo real. A este desciframiento apunta la misma palabra “análisis”. En las psicosis, al contrario, se trata de ir de lo real hacia lo simbólico, y de fabricar un síntoma. Esto sería lo que justificaría el término de “tratamiento”. El tratamiento indica la modalidad de acción de lo simbólico sobre lo real, que consiste en tratar lo real por lo simbólico a través de la constitución de un síntoma. El diccionario, al lado del uso médico de esta palabra, lista una serie de significaciones de la palabra tratamiento apropiadas para designar la operación del síntoma. Tratar es, por ejemplo, someter una substancia a la acción de agentes físicos o químicos para modificarla. Tratamiento se aplica al procedimiento que permite modificar una materia. Así, se habla de tratamiento de un mineral, tratamiento térmico de un metal, o también de tratamiento de residuos radioactivos para desactivarlos. Hay también un tratamiento de la información, donde se trata de aplicar a los datos en bruto un operador lógico o matemático para explotarlos según un determinado programa. Así, el síntoma puede ser concebido como un modo de tratamiento de la substancia gozante por el símbolo, para modificarla, desactivarla y hacer posible su uso para el sujeto.

La única enfermedad de la que sufrimos en tanto que seres hablantes es la que se introduce en el ser viviente por el parasitismo del significante. Lacan habló del lenguaje como de un cáncer y evocó la virulencia del logos. Definió el inconsciente como los efectos de la palabra sobre el sujeto, y mostró que la clínica freudiana desarrolla las incidencias de esta enfermedad del significante.

El desgarro primordial que el símbolo inflige a la vida es vivido por el sujeto como un goce insoportable. El escritor Mishima ha descrito el dolor ardiente que experimentó de niño, debido a este efecto de corrosión del lenguaje. Desde entonces, se trata para el sujeto de aparejar ese goce, y es ahí donde la palabra tratamiento encuentra su empleo. El aparejamiento de ese goce es el tratamiento de los efectos del lenguaje sobre el viviente.

Mishima explica cómo intentó defenderse contra este sufrimiento causado por las palabras. Tenía entonces cuatro años y, aunque ya sabía hablar, no manejaba aún la escritura. Es de pensamiento, entonces, que toma la costumbre de componer fábulas cortas o relatos breves con las palabras que le hacen sufrir, y se esfuerza en memorizarlos a base de repetírselos. Son estos fragmentos los que formarán la materia de sus ficciones literarias futuras. He ahí lo que fue para Mishima su propio tratamiento del goce de lalangue.

El sujeto obtiene este aparejamiento del goce por el discurso y el fantasma cuando es un neurótico. Lo consigue por el delirio cuando es un psicótico paranoico. En el caso del esquizofrénico, para quien todo lo simbólico es real, este recurso queda excluido. Esta es una respuesta que Lacan hace a Jean Hippolyte, a quien precisa: “En el orden simbólico, los vacíos son tan significantes como los llenos; parece efectivamente […] que es la hiancia de un vacío la que constituye el primer paso de todo [su] movimiento dialéctico. Es ciertamente lo que explica, al parecer, la insistencia que pone el esquizofrénico en reiterar ese paso. En vano, puesto que para él todo lo simbólico es real.” Lacan lo opone a continuación al sujeto paranoico, para el que ha demostrado, dice, la posibilidad de integrar esos elementos pre-significantes que son los fenómenos elementales a la organización discursiva de un delirio.

A lo largo de su enseñanza, Lacan exploró, en las psicosis, las diferentes soluciones de captura de ese goce excedentario. Eso va desde la práctica transexualista de Schreber al uso de la letra por Joyce. En todos los casos de psicosis es necesario elucidar tales tentativas de tratamiento, así como el lugar y la parte que el psicoanalista puede tomar allí.

A partir de ahí, se puede comprender la diferencia entre un psicoanálisis, entendido como la cura de una neurosis, y el tratamiento de una psicosis que se espera de un analista. Un neurótico es un sujeto que ha encontrado una solución para defenderse contra lo real. Esta solución se apoya en el Nombre del Padre y la identificación primordial que éste implica. Esta respuesta por el semblante paterno nunca es totalmente satisfactoria, pues ignora lo real de la pulsión. La identificación ideal a la que el sujeto neurótico se agarra comporta siempre una represión del goce pulsional. Éste es el problema de la neurosis, y es lo que lleva al sujeto neurótico a análisis. La solución neurótica es claramente insuficiente, en la medida en que deja al sujeto enfrentado a, de una parte, una reivindicación pulsional que no quiere reconocer y que sin embargo insiste en hacer valer sus derechos y, por otra parte, un ideal, contaminado por ese goce pulsional que retorna.

El sujeto psicótico rechaza la solución del Nombre del Padre. Se queda entonces sin defensa contra lo real. Mientras que el Nombre del Padre es una solución que vale para todos, el sujeto psicótico, que en nombre de su singularidad irreductible rechaza esta solución universal, se ve llevado a inventar una solución única. No hay lugar para el análisis de un síntoma en las psicosis. El problema es diferente, se trata de encontrar una solución, una solución de tratamiento del demasiado-de-goce, precisamente por el síntoma. Dos vías de la experiencia analítica se oponen respecto al síntoma. Análisis del síntoma en las neurosis; tratamiento por el síntoma en las psicosis.

Algunos sujetos encuentran su propia solución por sí mismos. Por ejemplo Schreber, Joyce, Wolfson. Podemos encontrar sujetos que han elaborado análogas soluciones sintomáticas. Puede ser, por ejemplo, con motivo de dificultades surgidas en una coyuntura dramática de su existencia que haya revelado las insuficiencias del aparejamiento con el que se sostenían hasta ese momento. Se trata entonces para el sujeto de restaurar un orden del mundo. En otros casos, vemos al sujeto en el momento de ser confrontado con la dificultad de la tarea de tener que defenderse contra lo real. El analista puede contribuir ayudando al sujeto a construir un síntoma. Un analista tiene un lugar en una tentativa de tratamiento tal, porque se le supone haber adquirido, como analizante, el saber de la estructura. Puede entonces ocupar un lugar en esa estructura que permita al sujeto orientarse en ella. En esta relación del sujeto con la estructura, J.A. Miller ha destacado algo esencial que ha condensado en esta fórmula: los derechos de la estructura. Desde este punto de vista, un analista es un sujeto que, por medio de su propio análisis, ha aprendido lo que son los derechos de la estructura. Solamente de este modo, es decir, recordando que ha sido analizante, puede responder a la demanda de un sujeto psicótico. Retomamos aquí la indicación al psicoanalista con la que J.A. Miller concluye su “Clínica irónica”: “Acuérdate de que tu también fuiste analizante”. Con el sujeto psicótico, situado como él del mismo lado del muro del lenguaje, el analista tiene que hacer por manera que la estructura vuelva a sus derechos. Para ello, se trata en todos los casos de obtener una cierta mutación del sujeto.

El rechazo primordial del Nombre del Padre no puede llegar a ignorar los derechos de la estructura. Aquí reside el carácter insostenible de la posición del sujeto psicótico. Empieza por rechazar el significante, continua rechazando el efecto de castración inducido por el significante, y termina por creer que puede ser el amo en la ciudad del significante.

Esta posición es falaz y fuente de considerables dificultades para el sujeto. El sujeto no puede ser amo del significante, es siempre un efecto del logos, y éste es uno de los derechos de la estructura. Joyce viene a reconocerlo cuando, para calificar su work in progress, declara: “Obedezco a leyes que no he escogido.” Como el sujeto neurótico, el sujeto psicótico tiene que hacer con eso que no obstante rechaza. Lo que rechaza de lo simbólico retorna y se le presenta como un real que lo persigue. La condición del tratamiento es que el sujeto se haga responsable de los efectos de su posición. Éric Laurent mostró que a partir del momento en que acepta realmente asumir las consecuencias, el sujeto está en disposición de hacerse garante del orden del mundo. Se trata de partida de una rectificación de las relaciones del sujeto con los fenómenos de la psicosis, lo que lo lleva a aceptar la responsabilidad de lo que le pasa. El extraordinario trabajo realizado por Schreber sobre la enfermedad de los nervios que padecía es un ejemplo de ello. La gran creación literaria de Joyce es otro, como lo fueron los escritos de Brisset o de Wolfson.

Notes

 

*. “Deux statuts du symptôme”, en la Cause freudienne 38, février 1998, édition digitale, pp. 16-20.

1. estoy ávido – vacío

2. temprano

3. en el campo

4. temprano

5. Amada

Jean-Louis Gault

Dos estatutos del síntoma*“Let us turn to Finn again"

NODVS XXXIV, juliol de 2011

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