Conferencia "Síntoma y sexuación" por Graciela Brodsky

Reseña de la conferencia dictada por Graciela Brodsky el 28 de enero de 2002 en el ICF de Barcelona titulada "Síntoma y sexuación"

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Paraules clau

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Graciela Brodsky se refirió a la clínica de la sexuación como la manera que el psicoanálisis tiene para intervenir en el debate contemporáneo respecto a la sexualidad. A la vez, hizo referencia al trabajo de investigación emprendido por los docentes de la Sección Clínica de Buenos Aires a propósito de este tema, en preparación con motivo del próximo Encuentro Intenacional de la AMP.

Para argumentar con una de las posiciones del debate sobre sexos o géneros citó el trabajo de Anne Fausto Sterling, bióloga genetista estadounidense, que propone una nueva lista de sexos basados -en el futuro- en el ADN y no en la descripción exterior de las diferencias entre hombres y mujeres. La educación de los niños sobre el sexo propio, basado en la morfología aparente sería, por ello, errónea porque se trataría de dejarle elegir.

En el psicoanálisis, más allá de las determinaciones biológicas, se trata de la implicación subjetiva del sexo, que Lacan llamó “asunción”. Dos casos, uno aparecido en los medios y el otro en la supervisión clínica, ilustran esta cuestión: María Patiño, atleta olímpica vetada por un análisis de ADN que determinó que no era mujer, dice: “yo soy”. Sergio, un niño de 7 años en análisis, afirma: “quiero ser una niña”, más allá de la interpretación de la analista sobre el deseo de su madre. En una hay la certeza, en el otro el anhelo.

No se trata del “asumirse”, “salir del armario”, lanzado desde los Estados Unidos como la “transformación psicológica del self”, sino de lo que Lacan denominó sexuación que es, por un lado, inscribirse respecto del significante fálico y, por el otro, un asunto del cuerpo.

La significantización es, entonces, el encuentro del cuerpo y el significante fálico. Opera en dos registros: primero, permite significar la diferencia evidente de los sexos a partir de la observación; la presencia o ausencia de caracteres sexuales primarios y secundarios está determinada por la imagen prevalente del falo, que permite nombrar el cuerpo en tanto que cuerpo sexuado. Segundo, como todo significante, el falo produce una significación a partir de la cual ser hombre o mujer (tener no no tener, ser o no ser) quiere decir algo aunque no se sepa qué.

La acción del signficante -que atrapa el cuerpo en tanto imagen y, a la vez, el goce que agita a ese cuerpo- permite un goce limitado, el goce fálico.

En la enseñanza de los años ‘50 de J.Lacan, en el Seminario IV, la inscripción “de alguna manera” respecto del goce fálico es, para el hombre la identificación. No así para la mujer, para quien dicha inscripción se opera si reconoce que el hombre tiene pene. Juanito responde a todos los emblemas de la masculinidad pero sus elecciones de objeto demuestran la identificación al deseo de la madre, aunque sean heterosexuales. El desea el falo, que es lo que desea su madre -no se identifica con él como objeto porque entonces estaría en posición de fetiche.

La aceptación o el rechazo son las otras dos posiciones subjetivas respecto al significante fálico. En “Una cuestión preliminar…” J.Lacan dice que un niño puede decidir rechazar la impostura paterna. Más allá de la identificación, entonces, plantea la sexuación, el lazo del sujeto y el falo, como si se tratara de una elección. Este sería el estado de las elaboraciones en Estados Unidos: el género es el resultado de pensar la sexuación como identificación, que allí llaman transformación del self, pero nada se sabe sobre lo que sustenta esa identificación.

En los años ‘70, Seminario XX, Seminario “Au pire…”, para Lacan los hombres y las mujeres no se diferencian por sí al reconocerse sino que, en tanto seres hablantes, son reconocidos. El trabajo de la sexuación es reconocer la diferencia del Otro y supone la asunción del propio sexo mediante la aceptación del sexo del Otro, más allá del encuentro con la diferencia sexual anatómica que describió Freud. Se trata de la confrontación con la existencia de una relación distinta a la castración, una posición distinta en el deseo, un estilo distinto en el amor, otro goce que no es el goce de uno.

“No sé qué soy” es el síntoma que produce la sexuación cuando se trata del reconocimiento del sexo pero no en uno sino en el Otro.

En la segunda parte de su ponencia G. Brodsky se aplicó al tema de los celos, poniendo en cuestión que sean un síntoma y estableciendo una disimetría fundamental en relación a las posiciones femenina o masculina y, a la vez, una complementariedad inesperada.

En los celos masculinos la presentación es de certeza, primando en ellos, dentro de la teoría de las pasiones, la de la ignorancia, y, a la vez, mordiendo de una manera muy especial el cuerpo. Citó al Freud de 1922 que recomendaba no contradecir al hombre celoso, más bien darle coraje para corregir su apreciación. Porque Freud entendía los celos bien como proyección, bien como homosexualidad inconsciente, en una gramática de la vida amorosa que se deriva del complejo de Edipo.

Para el Lacan de 1958, en “Ideas directrices para un Congreso…” es la divergencia de la vida amorosa –entre el padre muerto y el amante castrado- en la mujer lo que explica los celos masculinos. En los años ’70, y a partir de las fórmulas de la sexuación, los celos masculinos se explican por la divergencia situada ahora en el goce de la mujer. Se trata del “otro goce” del que ella no sabe nada y que excede el inconsciente. Es el desencuentro sin remedio con el hombre, que no quiere saber nada por el horror a la castración. La soledad.

Los celos femeninos son, para Freud como para Lacan, decisivos en la mujer, a diferencia de los hombres. El primero plantea, en 1925, que provienen del penisneid, propio de la naturaleza femenina, porque la verdadera mujer es la que ha abandonado a la madre como objeto para orientarse hacia el padre.

Para Lacan, en el Seminario VI, hay una lógica que distribuye las posiciones sexuadas: será hombre a condición de tener el falo y no serlo, una mujer si lo es, a condición de no tenerlo. Pero obtiene el signo de que lo es a condición de hacerse desear por el hombre. Si el deseo del hombre no le rinde homenaje, si lo que el hombre le devuelve es que ni lo tiene ni lo es, ella se deslizará por una grieta abierta, hacia el pasaje al acto o el acting-out.

En los ’70 Lacan dirá que lo fundamental en los celos femeninos será el reconocimiento del estatuto de la única, más allá de que su goce sobrepase el goce fálico.

Un esfuerzo de simetría podría hacer suponer que la degradación de la vida erótica determina los celos en la mujer. Por el contrario, ellos derivan tanto para el hombre como para la mujer, de la propia sexualidad femenina. Lo que alimenta el síntoma es la dimensión de cómo reconocer eso que habita en el Otro.

Rosalba Zaidel

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