El objeto del conocimiento precientífico; el objeto de la ciencia; y el objeto del psicoanálisis.

Texto presentado en el Seminario del Campo Freudiano, a cargo de Vicente Palomera, en octubre, 2013.

  • Publicado en NODVS XLI, desembre de 2013

Resum

El texto presenta una breve introducción sobre la naturaleza de los tres objetos mencionados en el título basándose en el Seminario XIII de Lacan y en dos textos de Jacques-Alain Miller y Jean-Claude Milner. El objeto del conocimiento precientífico está subordinado a una adequatio a su sujeto, a la idea (inconsciente) de la existencia de la relación sexual, a la imagen de la esfera, y es necesario y eterno. El objeto de la ciencia quiebra todas estas definiciones y está formalizado, matematizado y literalizado, y es contingente y empírico. Es una construcción puramente significadora, no obstante, y es, en los términos de Lacan - al no decirnos nada sobre el goce - 'futil'. El objeto del psicoanálisis, en este momento de la obra de Lacan el objeto a, se distancia definitivamente de esta futilidad.

Paraules clau

Objet a, conocimiento, ciencia, 'La ciencia y la verdad', Seminario XIII.

El Escrito de Lacan ‘La ciencia y la verdad’ constituye la primera clase del Seminario XIII: El objeto del psicoanálisis. Hablando con Vicente Palomera, pensamos que podría ser útil distinguir este objeto, tan claramente como fuera posible, de otros objetos. Por tanto, he puesto por título a esta presentación ‘El objeto del conocimiento precientífico; el objeto de la ciencia; y el objeto del psicoanálisis’. Trataré cada objeto consecutivamente, lo que también requerirá que trate de sus respectivos sujetos. Dos comentarios nos pueden servir aquí como guías. El primero es de François Regnault, de su libro Dios es inconsciente. Si podemos ciertamente identificar el sujeto de la ciencia y el sujeto del psicoanálisis, nos dice, entonces ciertamente también no podemos identificar sus objetos. Puesto que el objeto del psicoanálisis es la causa del deseo, y los objetos de la ciencia son algunos objetos (la naturaleza, la luz, etc., etc.). El segundo comentario lo hace Lacan en ‘La ciencia y la verdad’ (p. 842). Si los objetos de la ciencia pueden ser claramente definidos, dice Lacan, algo queda sin elucidar, desde su inicio, en la condición de su objeto como tal; y es solo el psicoanálisis el que puede contribuir a elucidarlo.

Además de ‘La ciencia y la verdad’, me he basado también en dos artículos cortos de Jacques-Alain Miller y Jean-Claude Milner. El de Miller es ‘Elementos de epistemología’, el de Milner ‘Lacan y la ciencia moderna’. También me referiré en diferentes momentos a las primeras clases del Seminario XIII.

I

Podemos empezar, entonces – y de la forma más rápida – con el objeto del conocimiento precientífico, o de la episteme antigua. Creo que es posible decir esencialmente cuatro cosas sobre este objeto.

Primero, en tanto que objeto conocido, presupone el ideal de una armonía, unión, co-naturalidad o adequatio con el sujeto que conoce. 

Segundo, como consecuencia de este ideal de armonía, lo único que tan solo hace el conocimiento precientífico es tratar de escribir, de una forma ilusoria y mítica, la existencia de la relación sexual. Se podrían pensar aquí una serie de ejemplos (todos ellos mencionados por Lacan): la relación entre forma y materia en la obra de Aristóteles; entre los principios macho y hembra en la astronomía china; o la teoría de la flogística que precedió a la emergencia de la química científica. 

Tercero, dada la importancia de la esfera en los intentos de escribir la existencia de la relación sexual – tan solo tenemos que pensar en el mito de Aristófanes en el Banquete de Platón – no resulta sorprendente encontrar el conocimiento precientífico subordinado en su totalidad a precisamente esta imagen. Lacan vuelve a esta idea repetidamente, y es suficiente indicar que, en el Seminario XIII, se refiere al berechit bara heloim del sexto verso del Génesis, traducido por San Jerónimo como el firmamentum del mundo. Es Dios el que ordena que este límite no se traspase, y el conocimiento precientífico es ciertamente fiel a esta prohibición.

Cuarto y por último, los objetos que participan en esta ordenación esférica son necesarios y eternos. Esta es la razón por la que la matemática griega (en tanto que opuesta a la matematización que posteriormente introducirá la ciencia moderna) ofrece aquí el paradigma elegido. La fugaz contingencia del cuerpo es ignorada en favor de una teología del alma. El conocimiento precientífico es una teoría del movimiento perfecto de los cuerpos celestiales. Es la reducción sin fin de lo empírico a lo mismo.

II

Este es el mundo, por tanto, que fractura el universo de la ciencia moderna (abriendo en el proceso, podríamos añadir, la posibilidad de ese inmundo, ‘hecho de extravagancias’, que Lacan invoca en El triunfo de la religión). Al tematizar esta fractura, Lacan recurre de forma general a la noción de Bachelard y Canguilhem de una ‘ruptura epistemológica’ (coupure épistémologique) que determina retrospectivamente todo lo que la antecede en tanto que ideológico. De forma más específica, hace uso de la obra de Kojève y, especialmente, de Koyré; ‘Koyré es aquí nuestra guía’, nos informa al inicio mismo de ‘La ciencia y la verdad’ (p. 834). En el artículo que mencioné al principio, Jean-Claude Milner ha mostrado que es posible reducir la obra de Koyré a la articulación de dos teoremas principales. En primer lugar, repitiendo lo que ya hemos dicho, el teorema de que hay una discontinuidad entre la episteme antigua y la ciencia moderna. En segundo lugar, el teorema de que la ciencia moderna es la ciencia galileana, cuyo tipo es la física matemática. Nuestra pregunta entonces deviene: ¿qué tipo de objeto es presupuesto por la física matemática? Y la podemos responder de varias maneras.

Primero, si el conocimiento precientífico asume una armonía entre el sujeto y el objeto, entonces la ciencia moderna no hace otra cosa sino construir su objeto, implicando, como subraya Lacan en el Seminario XIII, un carácter específicamente subjetivo de la estructura científica. Este es el motivo por el que Bachelard, por ejemplo – ciertamente a un nivel todavía bastante elemental – puede hablar del instrumento científico como una teoría encarnada.

Segundo, puesto que perturbaron la armonía entre el sujeto y el objeto, y en consecuencia hicieron inconcebible cualquier tropismo sexual natural, cualquier estesia del sexo opuesto, los fundadores de la ciencia moderna tienen que haber percibido por lo menos levemente la no-existencia de la relación sexual.

Tercero, esto es tal vez por lo que ellos – o algunos de ellos, por lo menos – rechazaron de forma definitiva la imagen de la esfera. Es útil prestar un poco de atención aquí, como Lacan mismo hace, al pasaje de Kepler a Newton. Ya que lo impidió a Kepler dar crédito a su teoría de la elipse fue la persistente idea de que la órbita de los planetas debe seguir una forma perfectamente circular. Solo en el momento en que Newton abandonó esta idea, al escribir los términos de su fórmula para la fuerza y la gravedad, pudo ser reemplazada la noción de algo ‘girando’ por la noción de algo ‘cayendo’ – como Lacan lo resume en el Seminario XX.

El ejemplo de la fórmula de Newton, cuando se combina con sus presuposiciones más fundamentalmente galileanas, nos permite decir dos cosas más, que son extremadamente importantes.

Cuarto, pues, podemos ver ahora que la ciencia moderna supone o impone una disyunción radical entre lo simbólico y lo imaginario, entre el significante y la imagen.

Y, quinto, podemos ver las características particulares que adquiere lo simbólico de la ciencia moderna. Para decirlo rápidamente, la ciencia moderna construye su objeto como formalizado, matematizado, literalizado, contingente y empírico. Obviamente no tenemos tiempo aquí de explorar estos conceptos con detalle, pero se pueden decir de cada uno unas pocas palabras. 

La formalización está vinculada al número, en la medida en que éste es entendido como haciendo figurar de forma enigmática la presencia del significante en lo real.

La matematización, como di a entender antes, no tiene nada que ver con la matemática griega. Los números no funcionan aquí como claves que proporcionan el acceso a las ideas necesarias y eternas, sino más bien meramente como letras.

Es la función de la literalización, por su parte, la de atrapar lo diverso en la medida en que es incesantemente otro.

La contingencia determina que una cosa tiene que ser capaz, bien lógica o materialmente, de ser otra de lo que es.

Finalmente, debe estar claro cómo estos dos últimos términos ya nos proveen con una definición de lo empírico.

Estamos tratando aquí claramente de un montón de material de gran dificultad. Las cosas se simplifican considerablemente, sin embargo, cuando nos damos cuenta de que de lo que estamos esencialmente hablando, en todos estos casos, es tan solo de la lógica del significante. Pero si la ciencia moderna articula esta lógica, tal vez tenemos derecho a hacernos una pregunta en cierto modo ingenua: ¿Por qué no son simplemente idénticos la ciencia y el psicoanálisis?

La respuesta que da Lacan a esta pregunta del lado del sujeto es bien conocida. El sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia, pero éste difiere del primero en la medida en que sutura, suprime o forcluye este sujeto; y en la medida en que así también sutura la verdad al saber, produciendo en el proceso la idea de un saber que opera en lo real mismo. El sujeto solo retorna en la ciencia en momentos específicos, la paradoja de Russell, por ejemplo, o el teorema de Gödel. No quiero entrar en esto porque Eduard Fernández ya lo ha tratado.

Lo que sí quisiera sugerir, sin embargo, es una respuesta del lado del objeto (provocada, por supuesto, por eso que Lacan dice de que algo ha permanecido sin elucidar en la condición del objeto de la ciencia como tal desde su inicio). Si la ciencia quiere suturar, suprimir o forcluir el sujeto, entonces también, yo diría, quiere elidir el hecho de que esencialmente tan solo construye su objeto por medio de la manipulación pura de significantes. La ciencia cree en sus objetos (la naturaleza, la luz, etc., etc.), diríamos, precisamente porque quiere olvidarse de su objeto (una construcción puramente significante). Es este objeto, por supuesto, el que también retorna en la paradoja de Russell y el teorema de Gödel.

Es tal vez útil referirse aquí a un ejemplo que Lacan da en el Seminario XIII. Lo llama ‘sublime’; y está tomado, por si alguien quiere leerlo, del cuarto capítulo de las famosas Lecciones de física de Richard Feynman, sobre ‘La conservación de la energía’. Feynman se inventa la historia de un pequeño granuja americano, Dennis the Menace, quien posee veintiocho bloques de platino indestructible, y quien atormenta a su madre arrojándolos por las ventanas hacia el jardín, escondiéndolos en cajas, colocándolos bajo el agua sucia de la bañera, etc., etc. Sin entrar en el jardín, sin abrir las cajas o sin poner su mano en el agua, esta madre será capaz de encontrar los veintiocho bloques si se dedica a realizar una serie de operaciones matemáticas. Por ejemplo, será capaz de dividir la altura del agua entre el tamaño de la bañera, y añadir esta cantidad al número de bloques restantes.

La energética es así, dice Feynman, un número, veintiocho bloques, siempre emergerá como un constante; excepto, y aquí viene la frase final que tanto le gusta a Lacan, en que ‘no hay bloques’.

Lacan extrapola de este ejemplo una definición del objeto de la ciencia moderna (y cito): ‘el objeto científico es el pasaje, la respuesta, el metabolismo (metonimia si quieren, pero tengan cuidado), del objeto como falta. Y empezando por ahí se clarifican muchas cosas’.

¿No es esto, añadiría yo, lo que la ciencia quiere olvidar? El que no tiene objeto como tal; el que es, siguiendo otra definición de Lacan en la ‘Introducción a la edición alemana de los Escritos’, ‘fútil’; precisamente porque no nos dice nada sobre el goce.

III

El camino se abre, por tanto, a presentar el objeto del psicoanálisis. No tengo sin embargo mucho tiempo, así que simplemente presentaré una serie de tesis (que también pueden ser entendidas como preguntas).

1. Al igual que la ciencia moderna, el psicoanálisis construye su objeto.

2. En primer término, este objeto es el sujeto, lo que Lacan denomina en el Seminario XIII, ‘el neurótico moderno’ (estrictamente contiguo a la ciencia moderna). El psicoanálisis es, Lacan dice aquí, un ‘complemento’ al síntoma.

3. El ‘neurótico moderno’ está motivado por una demanda científica de saber (dirigida, por supuesto, al ‘sujeto supuesto saber’). No obstante, acaba dándose cuenta, en el transcurso de su análisis, y mediante la emergencia del deseo, de que lo que está en juego es su verdad, y en última instancia su goce, como un ser hablante (parlêtre). Si la ciencia moderna sutura la verdad al saber, el psicoanálisis deja abierta la herida. Y la verdad, como dicen Lacan en otro lugar, es la hermana del goce.  

4. El objeto del psicoanálisis per se, el objeto a, está, como dice Lacan en ‘La ciencia y la verdad’, ‘inserto en’ la división del sujeto, o ‘internamente excluido’ de su sujeto, quien ‘no lo deja en paz’. 

5. Porque tiene un objeto, el psicoanálisis no es ‘fútil’. Elabora – siguiendo las intuiciones de Juanito, y en los términos de Jacques-Alain Miller – una lógica inconsistente del predicado falo. Ciertamente no es casualidad que ‘La ciencia y la verdad’ concluya con una referencia a lo que Freud dijo sobre la falta de pene de la madre.

Howard Rouse

El objeto del conocimiento precientífico; el objeto de la ciencia; y el objeto del psicoanálisis.

NODVS XLI, desembre de 2013

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