La transferencia en la psicosis

Ponencia presentada en la última sesión del Seminario del Campo Freudiano de Barcelona, en junio del curso 2018-2019, dedicado al escrito de Jacques Lacan "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis". 

  • Publicado en NODVS LIII, novembre de 2018

Resum

Comentario al capítulo "Post-Scriptum" del Escrito de Jacques Lacan “Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis". El autor, sitúa cuatro desarrollos en éste capítulo: un retorno a los fundamentos, el desencadenamiento en la psicosis, la cuestión de la transferencia y el Nombre-Del-Padre, Otro del Otro, apoyándose en su recurrido por el caso Schreber, los textos místicos de San Juan de la Cruz, el testimonio de Gérard de Nerval en Aurelia o la novela El despertar de la primavera de Frank Wedekind.  

Paraules clau

psicosis, transferencia, Nombre-Del-Padre, desencadenamiento, forclusión

Diré con mucho gusto que este capítulo titulado modestamente “post-scriptum”[1] es sin embargo el que desarrolla de la manera más decisiva la teoría de Lacan sobre la psicosis en este primer tiempo de su enseñanza. Lo titula post-scriptum porque se añade posteriormente a lo que en los capítulos precedentes constituye una escritura de su Seminario III sobre Las Psicosis. Tenemos los títulos precedentes: “Hacia Freud”, “Después de Freud”, “Con Freud”, “Por el lado de Schreber” y el Post-Scriptum se trata de algún modo de un “Con Lacan”.

En este capítulo veo cuatro partes, cuatro desarrollos que voy a subrayar. De entrada hay un retorno a los fundamentos, después una teoría del desencadenamiento de la psicosis, antes una cuestión sobre la transferencia y para concluir una definición del Nombre del Padre.

Este capítulo no trata específicamente sobre la transferencia en la psicosis pero se pueden sacar algunas indicaciones.

 

1.     Retorno a los fundamentos

“Enseñamos siguiendo a Freud"[2]

Este pequeño fragmento de la frase con que empieza el capítulo nos dice claramente que el proyecto de Lacan es aquí un retorno a Freud. Los post-freudianos comprendieron mal a Freud y lo llevaron a una psicología adaptativa; Lacan quiere llegar al filo cortante de la experiencia freudiana. Todo el inicio de este capítulo es en efecto un recuerdo de la lectura lacaniana del inconsciente freudiano:

“… el Otro es el lugar de esa memoria que él descubrió bajo el nombre de inconsciente  (…) en cuanto que condiciona la indestructibilidad de ciertos deseos. A esa interrogación responderemos por la concepción de la cadena significante”[3].

Lacan recuerda aquí su tesis del inconsciente estructurado como un lenguaje, que se desarrolla a partir de una simbolización primordial y que Freud evocó perfectamente en el pequeño mecanismo del Fort! Da! observado en el juego de su nieto con un carretel, acompañado de esta vocalización, que lo introduce a los juegos del deseo por esta simbolización primera de la presencia y de la ausencia. Fort y Da significan en efecto alguna cosa como “allá” y “aquí”. Desde aquí se constituye el inconsciente, tomado entonces en esta articulación mínima Fort→ Da, S1→S2, y desde entonces es tomado en esta estructura de la cadena significante. El sujeto (aquí, en el texto “el ser del ente”[4]) es tomado en la lógica de esta cadena cuyos efectos son la metáfora y la metonimia –lo que corresponde en Freud, en La interpretación de los sueños a los procesos de condensación y desplazamiento.

Una palabra más sobre esta fórmula “el ser del ente” que traduzco como sujeto. En efecto, me parece que el ente es lo que está allí antes de toda toma por el significante y el ser significante es lo que le hace significar. Es el sujeto como deducido al ser tomado en la cadena significante. Como lo dice Jacques-Alain Miller en su clase del 29.11.2006, es necesario que allí haya símbolo, para que haya apertura al ser.

En cuanto al Otro está de entrada situado como lugar (el Otro es el lugar de esa memoria) es en el sentido de la expresión de Freud cuando habla del inconsciente como la “otra escena”. Es el lugar del lenguaje. Es el inconsciente que diremos transferencial, con Jacques-Alain Miller, porque implica el lazo con el Otro, que es siempre un lazo transferencial. A ese inconsciente Jacques-Alain Miller opone, a partir de la última enseñanza de Lacan, el inconsciente real que se articula más allá de ese lazo significante primeramente articulado al Otro. Es una distinción importante que retomaremos un poco más adelante cuando hablemos de la transferencia en la psicosis.

“Es en un accidente de este registro y de lo que en él se cumple, a saber la forclusión del Nombre del Padre en el lugar del Otro, y en el fracaso de la metáfora paterna, donde designamos el efecto que da a la psicosis su condición esencial, con la estructura que la separa de la neurosis”[5].

Esta es la tesis clásica, de Lacan, en cuanto a la psicosis, tesis binaria, si el Nombre del Padre opera para el sujeto entonces estamos en la neurosis, si está forcluído estamos en la psicosis. Es esto lo que se demuestra a lo largo de todo el texto de la “Cuestión preliminar...”. La falta del Nombre del Padre entraña un agujero en la significación. Lo que se escribe Po→Fo. Esta significación es el efecto de una metáfora puesto que viene en lugar del significado “x”, es decir desconocido, del sujeto. Es la metáfora paterna consecutiva al Nombre del Padre. Y esta significación se le da al sujeto por el Falo como significante de una falta, puesto que el único Falo que cuenta para Freud es el que la madre no tiene. Lo que está largamente desarrollado en el capítulo 4 de la “Cuestión preliminar…”.

Es de la misma manera que debemos comprender el efecto del delirio cuando, por otro lado, Lacan habla de metáfora delirante. El delirio restituye una significación para el sujeto y viene así, en cierta manera, al lugar del Nombre del Padre. Es en el mismo sentido que Freud dice que el delirio es un proceso de curación.

Esta tesis clásica se distingue de la tesis que Lacan desarrollará a partir del seminario El Sinthome y que se apoya no en Schreber sino en Joyce. En ese momento el corte entre neurosis y psicosis ya no se hace más a partir de la presencia o ausencia de un primer significante. Se entra en una clínica más sutil e incluso continuista en algunos aspectos. Es a partir de esta otra clínica que Jacques-Alain Miller ha desarrollado la noción de psicosis ordinaria, principalmente.

Retomo un párrafo más adelante el comentario del texto de Lacan.

La relación de Schreber con Dios (…) hacen aparecer más bien como mezcla que como unión del ser con el ser”.[6]

Lacan subraya el carácter particular de la relación que Schreber tiene con Dios. Su Dios es un partenaire de goce, mezcla de fenómenos corporales: voracidad, asco, complicidad en las exacciones. Se trata seguro de todo lo que encontramos en el texto de Schreber y que es ampliamente comentado por Lacan en los capítulos precedentes. Cito a Schreber:

“Dios es desde un comienzo sólo nervio”[7]. Y son estos nervios los que invaden el cuerpo de Schreber.

Todo lo que sucede está referido a mí”[8].

Dios exige un gozo permanente, de acuerdo con las condiciones acordes con el orden cósmico que son necesarias para la existencia de las almas; mi tarea es proporcionárselo.”[9]

En el Seminario 3 Lacan dice: “Es violado, manipulado, transformado, hablado de todas las maneras, y, diría, charloteado”[10]. Podemos resumirlo en una palabra: es gozado por Dios, su cuerpo es gozado por ese Otro.

Es con un Dios de goce con quien tiene relación, no un Dios regulador, no un Dios que sea un Nombre el Padre. Cito a Schreber “Dios (…) no conocía, en pureza, al hombre viviente”[11] Como lo ha formulado Eric Laurent en su conferencia inaugural en el Congreso de la AMP en Barcelona el pasado mes de abril, el Dios-padre se borra ante el Dios partenaire del goce.

La relación que tiene con su Dios:

“No muestra nada, para llamar las cosas por su nombre, de la Presencia y de la Alegría que iluminan la experiencia mística”[12].

En el Seminario III, Lacan opone el texto de Schreber al del gran místico, San Juan de la Cruz, que fue confesor de Santa Teresa de Ávila y que fundó la orden de los carmelitas descalzos. No puedo resistirme a citar un extracto. Se trata de un texto místico inspirado, la 1ª de las Canciones entre el alma y el Esposo, de San Juan de la Cruz:

 

Où t’es-tu cache aimé et me laissant gémissante?

comme le cerf tu as fui

m’ayant blessée

je sortis après toi en clamant, et tu étais parti.

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¿Adónde te escondiste,

amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;


salí tras ti, clamando, y eras ido.


y la canción 23: 

 

Quand tu me regardais

ta grâce en moi tes yeux imprimaient

pour cela tu m’aimais

et en cela méritaient

les miens d’adorer ce qu’en toi ils voyaient.

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Cuando tú me mirabas,

su gracia en mí tus ojos imprimían;

por eso me adamabas,

y en eso me decían

los míos adorar lo que en ti vían.

 

En este canto, es el alma de San Juan de la Cruz, esposo de Dios, quien habla. Se trata realmente de una experiencia original que incluye al sujeto. Hay una sutil dialéctica en juego entre el alma-esposo y el Dios-esposo. Son la Presencia y la Alegría las que iluminan esta experiencia, tal y como lo expresa Lacan. La ausencia y la tristeza del primer canto no hacen sino volver más presente el fondo de Presencia y de Alegría. Este punto es el más radicalmente alejado del delirio schreberiano y de esa enorme comunicación que es su testimonio escrito. Cito a Lacan: “Schreber […] no da en lado alguno la impresión de una experiencia original en la que el sujeto mismo está incluido: es un testimonio, valga la palabra, verdaderamente objetivado”[13].

Es fantástico, por otra parte, subrayar que, inmediatamente después del texto que comento, Lacan continúa sobre esta oposición entre un texto místico y el texto del delirio:

“Oposición que no demuestra solamente sino que funda la ausencia sorprendente en esta relación del Du, queremos decir del , para la que algunas lenguas reservan el vocablo (Thou) en el llamado de Dios y en el llamado a Dios, y que es el significante del Otro en la palabra”[14].

En efecto, no hay dirección de Dios hacia Schreber o de Schreber hacia Dios, sino manifestaciones de nervios. Es lo impersonal que prevalece cuando él habla de las invenciones que había de mi parte. En los textos místicos o incluso simplemente religiosos se utiliza en francés, como en alemán, la forma de la segunda persona del singular con, a menudo, la mayúscula o Du, e incluso en inglés la forma antigua Thou. No hay nada de esto en Schreber donde la relación con Dios es impersonal. La ausencia de estos pronombres en el delirio, que son una forma de dirección, no muestra solamente la no-subjetivación del vínculo con Dios, sino que es también lo que la funda. El lenguaje aquí no testimonia solamente de esta ausencia de sujeto en el vínculo con el Otro, sino también que es justamente el hecho de estar captado en esta gramática lo que priva a este vínculo de toda subjetivación.

No es que no haya sujeto que esté presente aquí, sino que, como lo dice Lacan justo después: “la subjetividad libra su estructura verdadera, aquella en la que lo que se analiza es idéntico a lo que se articula”[15], es decir que no hay ningún elemento escondido, reprimido, sino que el sujeto es idéntico a lo que dice.

Y Lacan no duda en evocar una psicosis social generalizada en la que él absorbe la subjetividad científica en el sentido en el que se trata de la del sabio, pero también los discursos sobre la libertad que hay que calificar de delirante o las teorías de lo real donde el determinismo no es más que un pretexto. Y añade que, si este delirio social es compatible con el buen orden, esto no es una razón para que, en nombre de este orden, el psicoanalista piense estar:

“En posesión de una idea adecuada de la realidad ante la cual su paciente se muestra desigual”[16].

Lacan critica ahí toda una serie de psicoanalistas de la IPA, quienes, bajo la teoría de la ego-psychology, promovían, como aspiración del analista, a una identificación con el yo supuesto fuerte del analista y la transferencia como relación dual.

Pero, más allá de esto, él critica las concepciones simples de lo que podemos llamar “carencia paterna”. Para Lacan, no se trata en efecto de verificar la biografía del sujeto para encontrar en sus relaciones a su padre en la realidad, como se dice, la causa de su psicosis, ni verificar cuál era su entorno para encontrar el secreto de su desencadenamiento. Lo que está en juego en la estructura de la psicosis no es una caracterología de los fenómenos intrafamiliares, sino el defecto de un significante que permite al sujeto encontrar ahí una significación para su ser.

 

2. El desencadenamiento de una psicosis

Les propongo empezar por leer los dos párrafos que amplían el desarrollo de una psicosis, cuando ésta se desencadena:

“Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre-del-Padre, “verworfen”, forcluido, es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto.”[17]

Es la falta del Nombre-del-Padre en ese lugar la que, por el agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante”.

Tenemos ahí los tres tiempos: coyuntura del desencadenamiento, es decir lo que provoca el desencadenamiento, fenómenos del desencadenamiento, es decir, el desastre imaginario, y restitución o estabilización por el delirio. Veamos todo esto en detalle. Lo retomo punto por punto. La coyuntura, entonces.

“Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre-del-Padre, « verworfen », forcluido, es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto”.


La coyuntura del desencadenamiento no puede captarse más que si trasladamos esta frase al esquema L

 

El Nombre-del-Padre en A está en oposición simbólica al sujeto en S, es decir que él es lo que del eje simbólico A→S da al sujeto una significación. Si surge una significación enigmática el sujeto dispone la significación interrogando este lugar simbólico. Si en este lugar responde un vacío el sujeto se queda perplejo y es entonces que puede producirse el desencadenamiento. Retomaremos esto en un instante.

Los fenómenos imaginarios del desencadenamiento:

“Es la falta del Nombre-del-Padre en ese lugar la que, por el agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario”.[18]

En todo desencadenamiento psicótico, y es por supuesto el caso de Schreber, el efecto inmediato del desencadenamiento es un deterioro de lo imaginario del sujeto. Vive en un mundo de hombres reducidos a fantasmas, de hombres hechos a la ligera, como él dice en el texto. Él mismo queda reducido a una sombra, lee el anuncio de su muerte en un periódico, se ve como un cadáver leproso llevando otro cadáver leproso, observa en su cuerpo los signos de la peste, etc. “El sujeto había muerto” [19], dice Lacan. Presentaba lo que en la psiquiatría clásica se llamaba un estado de catatonía.

Y todo su delirio, de gran amplitud, consiste en restablecer una trama imaginaria que restituya la significación y la imagen del cuerpo:

“…hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante”[20].

Es esto lo que se espera al final del delirio schreberiano y que Lacan reporta en su esquema I, que comentaron en la sesión precedente de este seminario.

La cuestión que se trata de precisar es la de la coyuntura que hace desencadenar. Y es lo que Lacan precisa en el párrafo siguiente:

“Pero, ¿Cómo el Nombre-del-Padre puede ser llamado por el sujeto en el único lugar desde el que podría haber advenido y en el que nunca estuvo?”

Y él responde:

“Por ninguna otra cosa sino por un padre real, no en absoluto necesariamente por el padre del sujeto, por Un-padre”.

Entonces, lo que hace desencadenar la psicosis, es decir lo que provoca la aparición de fenómenos elementales y del delirio, es el llamado al Nombre-del-Padre por Un-padre. ¿Qué es Un-padre? Un padre real, dice Lacan. Jacques-Alain Miller comenta esto de manera muy precisa en su curso del 27 de noviembre de 1991 : “El nombre del padre es un semblante, ¡qué lo muestra más precisamente que la psicosis en la que se ve operar de manera más cruda a un padre como real, este Un-padre real que el velo del semblante del Nombre-del-Padre, finalmente, evita encontrar! La forclusión del Nombre-del-Padre quiere decir que no hay semblante del Nombre-del-Padre, no hay el semblante del padre para un sujeto. Y es en la medida en que el padre es imposible para un sujeto, que puede haber lo real del padre tal y como puede encontrárselo”[21].

Este padre real es un término un poco enigmático, en ningún caso hay que concluir demasiado rápido ya que se trata forzosamente del padre que el sujeto tiene en la realidad. Este padre real puede tomar más de una forma. Lacan las evocará un poco más adelante en su texto. Es el padre demasiado legislador realmente, tal y como es el padre de Schreber justamente. Es también el engaño de la conducta que destituye el valor de la palabra. Es igualmente todo lo que viene a “enmascarar el misterio de su unión o de su desunión”[22].

Lo cierto es que lo que Lacan subraya es que este padre real viene en el momento del desencadenamiento a romper el eje imaginario sin que eso esté estabilizado entre el sujeto y su otro o entre el yo y su ideal.

“Aún así es preciso que ese Un-padre venga a ese lugar adonde el sujeto no ha podido llamarlo antes. Basta para ello que ese Un-padre se sitúe en posición tercera en alguna relación que tenga por base la pareja imaginaria a-a’, es decir yo-objeto o ideal-realidad, interesando al sujeto en el campo de agresión erotizado que induce”[23].

Muchas psicosis están estabilizadas por el lazo entre el yo y su semejante. Es un modo de estabilización que encontramos frecuentemente en las psicosis ordinarias, no desencadenadas. Es una muleta imaginaria. Esto toma a veces la forma del doble. El sujeto regula su conducta por otro o por los otros o por lo que a él le parece como una convención social. La llamada al Nombre- del-Padre por la falta de significación que hace agujero en lo real produce la ruptura del eje imaginario a-a’:

Esta muleta del lazo al semejante es visiblemente también lo que le permite a Schreber orientarse ante el desencadenamiento. Su enfermedad se desencadena en respuesta a lo que él llama un aumento de trabajo - hoy se diría “burn-out”. Acaba de ser nombrado Presidente de la Corte del Tribunal de Apelaciones. Hasta ese momento era juez y podía regularse con sus colegas. Pero una vez fue investido con esta nominación, rápidamente se desencadenó su psicosis. En esencia esto es lo que dice de esta nominación, que a la pesada carga del trabajo, se añadía el esfuerzo de adquirir la consideración de los colegas, “Esta tarea tanto más difícil e imponía exigencias tanto más grandes en lo referente al tacto en las relaciones personales cuanto que los miembros del Colegio (integrado por cinco jueces), cuya presidencia tenía yo que desempeñar, me superaban casi todos mucho en edad (hasta veinte años) y, además, estaban más familiarizados con la práctica del Tribunal, al menos bajo ciertos aspectos, y yo entraba en él por primera vez”[24].

Esta descripción simple captura la ruptura del eje imaginario tal y como se produjo para él. Ya no podía después de este nombramiento ajustarse con el semejante, porque no había más semejantes, más bien eran las figuras de padre-real.

Otros sujetos encuentran una estabilización en la relación entre el yo y un ideal. Es el caso de un poeta cuya psicosis se desencadenó por una ruptura de esta relación con la figura ideal. Se trata de Gérard de Nerval cuyo episodio de desencadenamiento es muy bien descrito por él mismo. Es sin duda el único delirio que nos es transmitido en términos poéticos. Nerval escribió su enfermedad en un texto titulado Aurélia: “Aquí ha comenzado para mí -dice- lo que llamaría la infiltración del sueño en la vida real”[25]. Quisiera tomar el texto de Nerval como un testimonio clínico y detallar un poco este desencadenamiento  para tomar el texto de Lacan.

Nerval se había enamorado, pero un amor totalmente idealizado, de una actriz bastante banal. “Me he construido una Laura o una Beatriz de una persona corriente de nuestro siglo”, dice. Es esta relación imaginaria a una imagen ideal que mantiene su obra y que sostiene lo que se puede llamar bien su sentimiento de la vida.

Qué locura, piensa, amar a una mujer que no te quiere. Pasa a otras intrigas. Encuentra así a otra mujer. ¡Era tan feliz de sentir mi corazón capaz de un amor nuevo! Le escribe una carta apasionada: “Tomaba prestado en este entusiasmo ficticio, las mismas fórmulas que, poco tiempo antes, me habían servido para pintar un amor verdadero y largo tiempo sentido. La carta sale, hubiera querido retenerla” porque esto “parecía una profanación de mis recuerdos”. Esto aparece en él como un imposible semblante, una “apariencia de sinceridad”. Se reduce a ello, a hacerle a esta mujer la confesión de este engaño pero con la delicadeza que hace que queden como amigos.

“Más tarde, la volví a encontrar en otra ciudad donde se encontraba la mujer que amaba siempre sin esperanza. El azar hizo que se conocieran una y la otra”. Desde entonces tiene la idea que una nueva amiga defiende su causa ante Aurelia. Y cuando él la encuentra por azar en una recepción “La vi venir a mí y me tendió la mano. ¿Cómo interpretar este gesto y la mirada profunda y triste con la que acompaña su hola? Creí ver en eso el perdón del pasado”.

Aquí surge el desencadenamiento. Se puede pensar que este perdón y la relación que ella tiene con la otra amiga viene a romper la posición de ideal que ella ocupaba haciéndola aparecer demasiado real. Él debe regresar a París y es la tarde siguiente que los fenómenos de desencadenamiento aparecen. Es la ruptura del eje a-a’ entre el yo y el ideal que, suprimiendo la regulación con el punto de ideal, deja al sujeto errando. Como dice Miller, “lo que al encontrarse separado de cualquier manifestación simbólica, va a aparecer-dice cuidadosamente-en lo real, erráticamente”[26].

Otra cita: “Una tarde, hacia medianoche, volvía por un barrio donde se encontraba mi habitación, cuando levanto la mirada por casualidad descubro el número de una casa iluminado por una farola. El número era el de mi edad. Enseguida, bajando la mirada, vi delante de mí una mujer de tez cetrina, con ojos huecos que me pareció tener las características de Aurelia. Me dije: “¡Es su muerte o la mía que me es anunciada! […] y me sorprendió esta idea de que debía de ser al día siguiente a la misma hora”[27]. Vemos en este pasaje instalarse el desajuste imaginario. Es en esta misma época que dice en otro poema: “Mi única estrella está muerta, - y mi laúd constelado lleva el Sol negro de la melancolía.”[28] Se capta de ahí, la pérdida del sentimiento de la vida del que Lacan habla también en la “Cuestión Preliminar…”.

El declive imaginario toma toda su amplitud en las siguientes horas, después de un sueño que le confirma este pensamiento sobre la muerte. Continúo citándolo: “Por la tarde cuando la hora fatal parecía aproximarse, yo disertaba con dos amigos, […] Uno de ellos […] quiso acompañarme a mi casa, pero le dije que yo no iba. “¿Dónde vas? me dijo. – Hacia Oriente.” Y mientras que me acompañaba, me puse a buscar en el cielo una estrella que creía conocer como si tuviera alguna influencia sobre mi destino. Habiéndola encontrado continué mi marcha siguiendo las calles en dirección a las cuales ella era visible, yendo por así decir, delante de mi destino, y queriendo percibir la estrella hasta el momento donde la muerte debía sorprenderme […] Parecía que mi amigo desplegaba una fuerza sobrehumana para hacerme cambiar de lugar. Crecía ante mis ojos y tomó las características de un apóstol. Creía ver el lugar donde estábamos elevarse y perder las formas […]” Hay por supuesto todo el equívoco sobre la estrella, a la vez que la mujer ideal y la estrella en la noche. Es hospitalizado y entretanto los fenómenos se multiplican. Hay en particular, los fenómenos del doble. Ve a amigos que han ido a visitarlo, irse con otro que extrañamente se parece a él.

Acabará por suicidarse. Pero quería ante todo, insistir sobre el momento del desencadenamiento:

“Búsquese en el comienzo de la psicosis esta coyuntura dramática. Ya se presente en la mujer que acaba de dar a luz en la figura de su esposo, para la penitente que confiesa su falta en la persona de su confesor, para la muchacha enamorada en el encuentro “del padre del muchacho”, se la encontrará siempre, y se la encontrará más fácilmente si se guía uno por las “situaciones” en el sentido novelesco de este término”[29].

Encontramos aquí varias figuras del padre: la esposa, el confesor, el suegro. En Schreber ésta se presenta bajo la forma de una nominación, en Nerval, bajo la de una ruptura del lazo al ideal.

“Para ir ahora al principio de la forclusión (Verwerfung) del Nombre-del Padre, hay que admitir que el Nombre-del-Padre redobla en el lugar del Otro el significante mismo del ternario simbólico, en cuanto que constituye la ley del significante”.[30]

El Nombre-del-Padre es un semblante que viene a velar lo real por un significante que, en un sentido, tiene un efecto de nominación. Es, dice Lacan, un significante que redobla, en el lugar del Otro, el significante del ternario simbólico. Este ternario es el del Edipo: padre, madre y niño. ¿Cuál es el significante del ternario simbólico que el Nombre-del-Padre viene a redoblar? Es un poco enigmático. Pero lo que está claro es que en el mismo lugar, en el Otro como lugar, hay los significantes más un significante que constituye la ley del significante.

Así, Jacques-Alain Miller precisa en su curso del 23/01/2002: “La terceridad a todos los niveles, Thirdness at every level, lo anticipo a la traducción del slogan, es una suerte de falsa evidencia compañero […] para soportar la estructura de tres, Lacan llama a un cuarto término, que implica la cuestión de la muerte”[31].

Es lo que se lee en el esquema R:

 

ESQUEMA R: P redobla A

Un ejemplo clínico simple es el de un paciente que explicaba –después de que su psicosis se hubiese desencadenado– que al ver en la carretera un cartel indicando “Nantes” pensaba que estaba ahí para él y que debía inmediatamente dirigirse hacia esa ciudad. He aquí el significante sin ley que cae sobre el sujeto como un imperativo. El significante imperativo frecuentemente se lo encuentra en la voz. El imperativo no es la ley. Es el goce ligado al superyó. Las voces psicóticas de Schreber tienen este lado imperativo. O bien son injuriosas, y le dicen que es una basura. Su Dios es una encarnación del goce, no de la ley. El Nombre-del-Padre es lo que normativiza el funcionamiento del significante para el sujeto. A falta de esta regulación el significante aparece como no dialectizable en la psicosis. Es un S1 sin S2. Lo que plantea un problema para la transferencia puesto que la transferencia implica justamente que haya otro término.

Contrariamente a los analistas post-freudianos Lacan no piensa entonces que la psicosis esté ligada a una figura familiar particular. Él recuerda, tomándolo a risa, que algunos analistas relacionan la psicosis a la madre frustrante o a la madre saciante. Mientras otros buscan del lado del padre cuyas figuras Lacan declina:

“El padre tonante, el padre bonachón, el padre todopoderoso, el padre humillado, el padre engolado, el padre irrisorio, el padre casero, el padre de picos pardos”[32].

En el fondo, todas estas figuras sirven más bien para enmascarar lo que Lacan, más tarde, llamará la No-relación sexual, lo que no marcha entre los sexos, y que nombra aquí, lo cito:

“Enmascarar el misterio de su unión o de su desunión según los casos”[33]

Lo que cuenta no son estas figuras familiares sino el peso de la palabra. El Nombre-del-Padre como lo que da su peso a la palabra. En cierta manera este Nombre-del-Padre es un garante de la verdad.

“Pero sobre lo que queremos insistir es sobre el hecho de que no es sólo de la manera en que la madre se aviene a la persona del padre de lo que convendría ocuparse, sino del caso que hace de su palabra, digamos el término, de su autoridad, dicho de otra manera del lugar que ella reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley”[34].

Es explícito en Lacan: no es el set de figuras imaginarias ni la rivalidad entre los progenitores lo que causa la psicosis, sino la falla de una cierta relación a la palabra. Igualmente, si el Nombre-del-Padre es el significante de la ley del significante, esto no significa que el padre efectivo del niño deba presentarse como legislador. Al contrario, esto es incluso lo que puede aparecer como un fraude. Así, Lacan declina una serie de efectos devastadores de la figura paterna cuando el padre tiene realmente la función de legislador, lo cito:

“…que se presente como pilar de la fe, como parangón de la integridad o de la devoción, como virtuoso […] como servidor de una obra de salvación […] todos ellos ideales que demasiadas ocasiones le ofrecen de encontrarse en postura de demérito, de insuficiencia, incluso de fraude, y para decirlo de una vez de excluir el Nombre-del-Padre de su posición en el significante”[35].

Este final de frase dice bien que una posición de fraude puede volver inoperante el significante de la ley. Es en la fe que él puede otorgar a la palabra, que se juega la posición del sujeto y no en las figuras parentales. Más adelante, Lacan añade:

“Nadie de los que practican el análisis de niños negará que la mentira de la conducta sea por ellos percibida hasta la devastación”. Lo que implica mantener “La referencia a la función constituyente de la palabra”.

La aportación de Lacan, en su relectura de Freud, no es la de poner el acento sobre el padre puesto que Freud ya le otorgaba una preeminencia a la transferencia de la relación con el padre en la génesis de la psicosis, sino de tomar esta relación en términos de significantes. Como punto de apoyo, Lacan desarrolla entonces una referencia a un autor post-freudiano que le da importancia al padre pero sin que esté articulado a un significante. El nombre de este autor es Niederland.

“Niederland da notable ejemplo de ello[36] al llamar la atención sobre la genealogía delirante de Flechsig, construida con los nombres de la estirpe real de Schreber, Gottfried, Gottlieb, Fürchtegott, Daniel sobre todo que se transmite de padres a hijos y cuyo sentido en hebreo nos da, para mostrar en su convergencia hacia el nombre de Dios (Gott) una cadena simbólica importante para manifestar la función del padre en el delirio.

Pero por no distinguir en ello la instancia del Nombre-del-Padre, para reconocer la cual no basta evidentemente que sea visible a simple vista, deja escapar la ocasión de captar la cadena donde se traman las agresiones eróticas experimentadas por el sujeto, y de contribuir con ello a poner en su lugar lo que es preciso llamar propiamente la homosexualidad delirante.

¿Cómo entonces se habría detenido en lo que la frase citada más arriba de las primeras líneas del segundo capítulo de Schreber oculta en su enunciado: uno de esos enunciados tan manifiestamente hechos para que no se los entienda, que deben retener el oído? ¿Qué quiere decir si la tomamos a la letra la igualdad de plano en que el autor reúne los nombres de Flechsig y de Schreber con el asesinato de almas para introducirnos en el principio del abuso de que es víctima? Hay que dejar algo que penetrar a los glosadores del porvenir.

Igualmente incierto es el ensayo en que se ejercita el señor Niederland en el mismo artículo, de precisar a partir del sujeto esta vez, y ya no del significante (cuyos términos le son por supuesto ajenos), el papel de la función paterna en el desencadenamiento del delirio.

Si él pretende en efecto poder designar la ocasión de la psicosis en el simple asumir la paternidad por el sujeto, que es el tema de su ensayo, entonces es contradictorio considerar como equivalente la decepción anotada por Schreber de sus esperanzas de paternidad y su acceso a la Suprema Corte, en la que su título de Senatspräsident subraya la calidad de Padre (conscripto) que le asigna: esto en cuanto a la sola motivación de su segunda crisis, sin perjuicio de la primera que se explicaría de la misma manera por el fracaso de su candidatura al Reichstag.

Mientras que la referencia a la posición tercera adonde es llamado el significante de la paternidad en todos estos casos sería correcta y resolvería esa contradicción”[37].

Para Lacan no es la asunción de la paternidad lo que está en juego en el desencadenamiento, sino el significante forcluído de la paternidad. Y si echamos una mirada, con Lacan, sobre el padre de Schreber, es decir sobre su obra, encontramos ahí todos los términos más arriba descritos que evocan la impostura.

“… Daniel Gottlob Moritz Schreber, fundador de un instituto de ortopedia (…) educador, […] reformador social “con una vocación de apóstol para llevar a las masas la salud, la dicha y la felicidad” por medio de la cultura física, iniciador de esos cachitos de verdor destinados a alimentar en el empleado un idealismo hortelano, […] para no hablar de las cuarenta ediciones de la Gimnasia médica casera”[38].

Detrás de este conjunto de falsos semblantes y de consejos higienistas que funcionan como imperativos, es el estatuto de la palabra lo que vacila dejando aparecer en filigrana la figura de un padre gozador del superyó que él quiere encarnar.

“No nos asombrará que el niño, a la manera del grumete de la pesca célebre de Prévert, mande a paseo (verwerfe) a la ballena de la impostura, después de haber traspasado, según la ocurrencia de este trozo inmortal, su trama de padre a parte”.

Es una referencia a un poema de Prévert, La caza de la ballena, que denuncia la impostura paterna. Les traigo un extracto:

 

Aparece el padre sin aliento,

Con la ballena al hombro.

Arroja sobre la mesa al animal,

[…]

Más hete aquí que Próspero [la espuma] se levanta,

Mirando a su padre en el blanco de los ojos

[…]

¿Y por qué habría de despedazar yo

A un pobre animal que no me ha hecho ningún daño?

[…]

Y arroja el cuchillo al suelo,

Pero la ballena se apodera de él, y abalanzándose sobre el padre

Lo atraviesa de padre a parte.

[…]

La ballena ha salido,

Tomen asiento,

Espérenla,

Dentro de quince años, sin duda volverá...

 

Se podría decir que Freud creía en el padre. Es indudable en la forma del padre del Edipo. El padre es aquél que enuncia la ley de prohibición del incesto. Incluso si en Totem y tabú el padre es el padre muerto, lo es porque representa esta ley. Esta referencia de Lacan al poema de Prévert hace ver que él no creía en el padre, sino en una función, el Nombre-del-Padre. En efecto, este poema no sólo vuelve presente la impostura paterna, sino que la vuelve presente en la repetición. Que la ballena diga que volverá en una quincena de años, significa que estará de nuevo ahí cuando el hijo sea padre. Es por lo que Lacan que habría dado, en su texto de la “Cuestión preliminar…”, la fórmula más lograda del Edipo freudiano, articulando el padre a una función, se verá conducido luego a pluralizar al padre.

 

3. La cuestión de la transferencia

Lacan recuerda a continuación que para Freud la figura del Profesor Flechsig, que es una figura paterna, ha jugado un rol decisivo en el desencadenamiento de la psicosis por el efecto de la transferencia que el sujeto ha operado sobre esta figura.

Pero inmediatamente se ha operado el desencadenamiento, lo que se hace escuchar es una figura del goce de Dios. Cito:

“Por medio de lo cual, unos meses después, las jaculatorias divinas harán oír su concierto en el sujeto”. Jaculatorias, designa palabras cortas lanzadas en una explosión de entusiasmo. He aquí las voces. “Para decirle al Nombre-del-Padre que vaya a j…se con el nombre de D… y fundar al Hijo en su certidumbre de que al cabo de sus pruebas, nada mejor podría hacer que “hacerse” sobre el mundo entero (Schreber 226-XVI)”[39].

Éric Laurent, en su intervención en la AMP, en Barcelona, ha señalado la dificultad de la transferencia con los psicóticos. El padre es reemplazado por el partenaire de goce. Esto tiene consecuencias sobre la transferencia, por lo que tiene todo su interés, retomarlo con la última enseñanza de Lacan. En este sentido, Éric Laurent propone que el analista no esté en el lugar del sujeto-supuesto-saber, sino en el del que lo sigue. Les remito a su texto.

Las voces decían “Ah maldición, quien diría que el buen Dios se hace j...” (Schreber p. 161). El Otro de Schreber es: “Dios es una p…”[40] En esto, se anticipa a Bataille, como lo señala Lacan. Al mismo tiempo, él mismo es un desperdicio como las voces le declaran. Es lo que señala Lacan en la nota “es el ser mismo del hombre el que viene a tomar su lugar entre los desechos”[41].

 

4. El Nombre-del-Padre, Otro del Otro

Hemos llegado, en el comentario del texto, a la última página donde Lacan da una definición del Nombre-del-Padre, sobre la que me gustaría detenerme un poco.

“Término en el que culmina el proceso por el cual el significante se ha “desencadenado” en lo real, después de que se abrió la quiebra del Nombre-del Padre”[42].

A propósito de este desencadenamiento en lo real querría tomar nuevamente una breve secuencia clínica.

Se trata de una paciente escuchada en una presentación de enfermos a quien le pregunto lo que la ha llevado al hospital y me responde que es un vago conflicto familiar que la ha llevado a hospitalizarse. Tras haberme callado y un poco contrariado por no haber obtenido nada más, me confiesa que si quisiéramos hablar de cosas serias, que no tienen nada que ver, a su entender, con esta hospitalización en psiquiatría, ella se había enfadado por el hecho de estar enteramente digitalizada. Es decir, me ha explicado, que todo lo que ella decía o hacía era registrado en las memorias de los ordenadores. Está sometida a un registro de lo simbólico que la controla por completo.

El desencadenamiento en lo real, es el desencadenamiento del significante. Prosigo la cita de Lacan:

“[el Nombre-del-Padre] –es decir del significante que en el Otro, en cuanto lugar del significante, es el significante del Otro en cuanto lugar de la ley”.

Esto casi se puede representar con los círculos de Euler. Hay el lugar del significante. Es un nombre del Otro. En este lugar los significantes funcionan sin regulación. Y después, hay el lugar de la ley. Es también un nombre del Otro. Pero el Otro así redoblado ordena al Otro.

Lacan formula así un punto de garantía en el Otro, un Otro del Otro que garantiza este lugar de la verdad. Con el Nombre-del-Padre Lacan ha dado la formulación más clara a lo que había sido la estructura edípica introducida por Freud. El padre simbólico es aquél que tiene las respuestas a las cuestiones del deseo y del goce, que introduce el deseo con la ley. Es una tesis fuerte. Sin embargo, en su enseñanza posterior, Lacan tomará distancia con esta tesis. Su enseñanza es dinámica y se modifica, es decir que Lacan responde a Lacan avanzando en sus formulaciones.

En este momento de su enseñanza, Lacan tenía la opción de seguir por esta vía del padre, del orden simbólico, que opera para todos como ley universal, o por el contrario, salir de ella para trazar otra vía, la del deseo reglado por el fantasma, es decir, una vía de la singularidad para cada sujeto. Es, después de este texto de la “Cuestión preliminar…”, que va a proseguir por esta segunda vía.

El texto que acabamos de comentar aquí es contemporáneo del final del Seminario 5. Comentando el Seminario 6, tras su aparición, durante una intervención en Atenas (en el Congreso NLS 2013), Jacques-Alain Miller puntúa en medio del seminario un momento de giro en la enseñanza de Lacan: “El gran secreto del psicoanálisis, es que no hay Otro del Otro”[43] y Miller añade: “ha sido necesario, en efecto, que Lacan piense contra sí mismo para formular ‘No hay Otro del Otro’”[44]. Jacques-Alain Miller precisa: “El Nombre-del-Padre tiene una función decisiva de normativización, es como la clave de arco de todo lo que sostiene el mundo que nos es común.” Causó una gran seducción en la época, incluidos y tal vez especialmente, en los círculos católicos.

En el Seminario 6, Lacan se apoya en Hamlet que abre esta otra vía. Lejos de ser, como Edipo, un mito que sostiene al padre, es la “tragedia del deseo”. En el lugar de la regulación bajo la función paterna tenemos aquí una regulación bajo el fantasma por la vía del deseo. El padre de Hamlet no está a la altura. Está castrado como todo padre concreto, es un Otro barrado. Ha sido sorprendido en la flor de sus pecados y sufre, en el infierno, el castigo más severo. Este padre no tiene tampoco la menor idea de lo que pueda regular el goce de la madre. “La verdad de Hamlet es una verdad sin esperanza”[45]. Es una verdad sin verdad, como la que nos encontramos en el inconsciente, una verdad plegable a todos los sentidos. Una verdad sin garantía. Esta ausencia de garantía va así a abrir el camino que recorrerá Lacan hacia otro aspecto del inconsciente, ya no en relación a la verdad, sino en relación al goce.

Sucesivamente, Lacan va a pluralizar al padre a des-idealizarlo y reducirlo a un sinthome, lo cual es en sí una seria consecuencia. Dado que esta “Cuestión preliminar…” termina sobre el padre, me gustaría introducirles en el recorrido de Lacan sobre el padre en su enseñanza posterior.

Desde que con Hamlet, el padre está privado de su función de garantía, lo que no le impide introducir al sujeto a la significación, pero ya no es como lo era una garantía universal, es más bien un elemento a aprehender cada uno, uno por uno.

Y, en un primer tiempo, Lacan pluraliza el Nombre-del-Padre. Hay un ejemplo “clínico” sobre esto en la literatura. En la obra El despertar de la primavera de Franck Wedekind, obra de teatro que trata sobre la adolescencia. Freud y Lacan la han utilizado como referencia para la función del padre. En el prefacio que escribió para su publicación en la traducción al francés[46], Lacan presenta al hombre enmascarado, un personaje de la obra, como uno de los Nombres-del-Padre, como una figura del padre. Esta obra es la historia de dos adolescentes que se encuentran en la dificultad de abordar a las chicas, es decir, que se encuentran con la no-relación sexual como Lacan la llamará más tarde. Para uno de ellos, Moritz, es por el suicidio como él responde para sustraerse a esta dificultad. El otro, Melchior, se siente profundamente culpable de la muerte de su compañera que él ha dejado embarazada y que ha fallecido como consecuencia del intento de aborto. Va entonces al cementerio donde el fantasma de su amigo muerto se le aparece. El hombre enmascarado se presenta, en el momento en que Melchior quiere a su vez suicidarse movido por la culpa por la muerte de la chica. En esta escena, finalmente divertida, el hombre enmascarado le dice: “No hagas esto ahora, no estás en estado de juzgar, desfalleces de hambre, necesitas comer”. Melchior responde: “¡Después del mal que he hecho, no es una cena caliente lo que me devolverá la paz!”. El hombre responde: “¡Eso depende de la cena!”[47].

Es muy divertido, pues lo que esta escena indica es la cuestión de los pequeños goces legítimos. El padre es aquél que le abre la vía y el deseo. Melchior insiste en conocer la identidad del hombre enmascarado: “¿Quién es usted, señor?” El hombre enmascarado responde: “No aprenderás a conocerme si no confías en mí”. Esto es formidable pues aquí el padre no es el que sabe, sino aquél a quien le otorga uno su confianza. No es aquél que se impone sino aquél que permite decirse: ¡de acuerdo, soy eso! En el doble sentido del “je suis” en francés, del verbo ser o del verbo seguir. He aquí la pluralización de las funciones paternales que Lacan va a operar. No se queda en la vertiente del ideal y de la ley del padre, sino que va a pasar al padre del deseo, aquél que despierta al deseo.

En el análisis que Lacan hace de esta obra, esta pluralización de la función paterna sólo aparece detrás del hombre enmascarado. En el momento de la escena final, el fantasma de Moritz, el adolescente que se ha suicidado, demanda al hombre enmascarado: “¿Por qué no te me apareciste a mí antes de mi suicidio?[48]. El hombre enmascarado le responde: “Yo estuve, tú no me reconociste[49]. En efecto, en el momento de suicidarse, Moritz encuentra una prostituta que le dice: Te voy a mostrar cómo va a ir con las chicas[50] y Moritz la rechaza. Lo que está presente para él, como función paterna, es una mujer, bajo la forma de la prostituta. Una mujer puede ser un Nombre-del-Padre, dice Lacan, pero siempre por fuera del ideal. Aún es necesario que el sujeto asuma el encuentro que se le presenta a él.

Lacan llegará hasta el punto de deshacer la potencia de la función paterna de su vertiente de ideal. Dirá: “El Nombre-del-Padre, se puede prescindir de él con la condición de utilizarlo[51]. Esta fórmula, tardía en su enseñanza, puede parecer compleja, pero dice simplemente que es necesario apoyarse en la función del padre y servirse de ella, el ejemplo de Melchior es claro: apoyarse quiere decir aceptar acompañarlo. Creer en él, es creer en el ideal: no es lo mismo apoyarse en la función paterna, cuando es posible, a condición de pasar de la idealización. Es el ideal lo que produce estrago. Pasar de él, es no creer en él. Eso no impide servirse de él.

Lacan llevará aún más lejos la lógica de esta pluralización del padre, que evidentemente, es muy moderna. Desde que los padres ya no son garantes de una familia ideal, ya no están en su lugar. Esta pluralización de la función conducirá a que el padre es un sinthome entre otros. Cada sujeto debe entonces fabricarse su punto de apoyo.

Notes

[1] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985.

[2] Ibíd. p. 549 

[3] Ibíd., pp. 549-550

[4] Ibíd., p. 550

[5] Ibíd., p. 550.

[6] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985, p. 550.

[7] Schreber, D. P., Memorias de un enfermo de nervios. Ed. Sexto piso, 1985. p. 58

[8] Ibíd. p.301

[9] Ibíd. p. 319-320

[10] Lacan, J., El Seminario, Libro 3, “Las psicosis”. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1955-56, p. 115

[11] Schreber, D. P., Memorias de un enfermo de nervios. Ed. Sexto piso, 1985, p.106

[12] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Buenos Aires, 1985.  p. 550

[13]Lacan, J., El Seminario, Libro 3, “Las psicosis”. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1955-56, p.114

[14] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Buenos Aires, 1985. p.550

[15] Ibíd., p. 550

[16] Ibíd., p. 551.

[17] Ibíd. p. 551

[18] Ibíd. p. 552

[19] Ibíd. p. 542

[20] Ibíd. p. 552

[21] Miller, J-A., “De la Naturaleza de los semblantes”, Paidós, 2002. p. 38

[22] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985. p. 553

[23] Ibíd. p. 552

[24] Schreber, D. P., Memorias de un enfermo de nervios. Ed. Sexto piso, 1985. p. 88

[25] Nerval, G. “Aurélia. 0 el sueño y la vida”, México, Era, 2010. p 20

[26] Miller, J-A., El ultimísimo Lacan”, Buenos Aires, Paidós, 2013, p. 21.

[27] Nerval, G. “Aurélia. 0 el sueño y la vida”, México, Era, 2010. p 18

[28] Nerval, G. “El desdichado”, Les Chimères, 1854.

[29] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985. p. 552

[30] Ibíd., p. 552

[31] Miller, J-A. El desencanto del psicoanálisis (2001-2002). Inédito en español.

[32] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985. p. 552-553

[33] Ibíd. p. 553

[34] Ibíd., p. 553 

[35] Ibíd., p. 553

[36] Cf. W.G. Niederland (1951), “Three notes on the Schreber case”, Psychoanal. Quarterly, XX.

[37] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Siglo XXI, Bs.As, 1985. p. 554-555

[38] Ibíd., p. 555

[39] Ibíd., p.556 

[40] Ibíd., Nota al pie 37, p.556

[41] Ibíd., Nota al pie 38, p. 556.

[42] Ibíd., p. 557

[43] Lacan, J. “El deseo y su interpretación”, Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 331

[44] J.-A. Miller, “El Otro sin Otro”, Freudiana 68, p. 138

[45] Lacan, J. “El deseo y su interpretación”, Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 330

[46] Lacan, J., “Prefacio a El despertar de la primavera”, Otros Escritos, Bs. As., Paidós, pg. 587-590.

[47] Wedekind, F., El despertar de la primavera, Ediciones de 1984, Barcelona, 1994, p. 96.

[48] Cf. Ibíd., “No creo que la diferencia sea tan esencial, -o al menos tan coactiva, que vos, honorable desconocido, no me hubieses podido encontrar a mí, también, casualmente, cuando con la pistola en el bolsillo, corría entre los alisos”, p. 99-100.

[49] Cf. Ibíd., “¿No te recuerdas de mí? Así, entonces, vas a estar, de veras, entre la muerte y la vida hasta el último momento.”, p. 100.

[50] Ibíd.., p. 58-61

[51] Lacan, J., El seminario, Libro 23, “El sinthome”, Bs. As., Paidós, p. 133.

Alexandre Stevens

La transferencia en la psicosis

NODVS LIII, novembre de 2018

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